Angelo Roncalli

Nació el 25 de noviembre de 1881, en Sotto il Monte. Angelo era “hijo del viñador Roncalli” . En efecto, él era descendiente de una familia campesina, profundamente católica, humilde y a la vez muy numerosa: eran trece hermanos, de los cuales él era el tercero. Fue este el ambiente en el que se iría forjando una personalidad con la que cautivaría a sus feligreses y al mundo entero: en la familia llegó a ser como un padre para todos sus hermanos, sencillo y manso, a la vez vital y exigente, siempre generoso.
En su infancia, conjugando sus primeros estudios con los trabajos agrícolas, Angelo asistió a la escuela de su pueblo. sus amigos de infancia no tardaron en llamarle “Angelito, el cura”.
El 10 de agosto de 1904 es ordenado sacerdote, y su primera Misa la ofició al día siguiente en la Basílica de San Pedro.
Con el estallido de la primera guerra mundial, en 1914, se incorpora en Bérgamo al ejército, ofreciendo su servicio primero en la pastoral sanitaria, y a partir de 1916 como capellán militar.
El 6 de diciembre de 1944, en un momento muy delicado que exigía de gran tacto y habilidad diplomática, el Papa Pío XII lo nombra Nuncio en París, a donde llega el 1 de enero de 1945. En los ocho años que duraría su labor como Nuncio Mons. Roncalli supo ganarse la estima de los franceses. Su prudencia, tacto e inteligencia, le permitieron manejar situaciones que a veces se presentaban realmente complicadas y desfavorables. Con su presencia paternal y bondadosa lograba ablandar el corazón de muchos. Su capacidad de hacer amigos y su bondad fuera de toda sospecha le ayudaron a prestar un verdadero servicio reconciliador y sanante.
En enero de 1953 el Nuncio de París, cuando contaba ya con 71 años, fue nombrado por el Papa Pío XII Cardenal y Patriarca de Venecia, Una nueva etapa se abría entonces para él en su vida: el servicio pastoral directo. En su diario escribía: “En los pocos años que me quedan de vida, quiero ser un pastor en la plenitud del término” . Sin duda ni se imaginaba la “plenitud” que alcanzaría el término. Lo cierto es que en Venecia, libre ya de las innumerables exigencias de su antiguo e importante servicio diplomático, como persona muy activa y contemplativa pudo darle más tiempo a los encuentros cotidianos con la gente sencilla y humilde: “Se le veía rezando con frecuencia en la catedral, se paraba por las calles para hablar con la gente sencilla, como los gondoleros, visitaba las parroquias, administraba las primeras comuniones en colegios e institutos, iba a ver a los enfermos pobres de los hospitales y especialmente a los sacerdotes enfermos o ancianos, acudía a la cárcel para estar con los prisioneros y recibía a los personajes famosos en la política, las ciencias o las artes que visitaban Venecia y acababa por hacerse amigo suyo, dado su espíritu paternal y bondadoso” .
Siempre espontáneo y cercano en el trato con la población y con el clero, desplegó también en Venecia su notable celo pastoral. Paternal y bondadosamente supo conducir por el camino de la virtud cristiana a la grey encomendada a su cuidadoContaba con 76 años cuando el 28 de octubre de 1958 era elegido para suceder en la sede petrina a S.S. Pío XII. El nuevo Papa quiso asumir el nombre del Apóstol Juan, el discípulo amado.
A pesar de su edad el Pontífice Juan XXIII se preparaba para asumir un gran reto: convocar un nuevo Concilio Ecuménico. Juan supo acoger la inspiración del Espíritu Santo, y, mostrando una vez más su paternal bondad y su gran energía y vitalidad en la acción llevó adelante la convocatoria del Concilio Vaticano II. Por su humilde deseo de ser un buen “párroco del mundo” supo ver la necesidad de que la Iglesia reflexionara sobre sí misma para poder responder adecuadamente a las necesidades de todos los hombres y mujeres pertenecientes a un mundo en cambio que se alejaba cada vez más de Dios.
El espíritu de su pontificado fue definido por él mismo con el término aggiornamento. Era el deseo del nuevo Papa y de la Iglesia toda prepararse para responder con fidelidad a los nuevos desafíos apostólicos del mundo moderno.
Así, pues, el “Papa bueno” con fuerza mística, convocó a todos los obispos del mundo a la celebración del Concilio Vaticano II. La tarea primordial era la de prepararse a responder a los signos de los tiempos buscando, según la inspiración divina, un aggiornamiento de la Iglesia que en todo respondiese a las verdades evangélicas. Para esto planteaba el famoso aggiornamento hacia adentro, presentando a los hijos de la Iglesia la fe que ilumina y la gracia que santifica, y hacia afuera presentando ante el mundo el tesoro de la fe a través de sus enseñanzas. Estas dos dimensiones se manifestaron constantemente en su pontificado.
Dentro de su espíritu de apertura en fidelidad se esforzó en buscar un mayor acercamiento y unión entre los cristianos.
El segundo Concilio Vaticano, luego de una larga y concienzuda preparación, se inició el 11 de octubre de 1962, aunque él mismo no sería el elegido para llevarlo a su feliz término. Pronto el Papa Juan XXIII se enteraba de su mortal enfermedad que le llevaría por un largo camino de pasión. Juan XXIII fue llamado a la casa del Padre el 3 de junio de 1963, a poco de haberse iniciado el Concilio Vaticano II.
Su muerte suscitó una profunda tristeza en el mundo entero. Su extraordinaria bondad y simpatía le permitió ganarse la amistad y el respeto de gente muy diversa, lo que le mereció el calificativo de "Papa bueno", muy activo y muy contemplativo a la vez.

1 comentario:

Anónimo dijo...

El món canvia, però les "constants vitals, personals, eclesials i mundials " NESESSITEN D'HOMES COM EL BON P. ANGELO G. RONCALLI. Els Bisbes d'avui, a Espanya, que es mirin en un home bò. I abominin del poder i el control que maten L'Esperit Sant de Déu.