Sergei Bulgakov


Sergei Bulgakov se siente teólogo, pensador y seguidor de una Iglesia oriental a la que quisiera sacar de las estrecheces de sus circunstancias provincianas y de las tentaciones imperialistas del zarismo y llevarla a la claridad de un Dios cósmico y una asamblea humana” (Fierdrich Heer).
Hijo de un pope en época zarista, dejó el seminario y se declaró ateo. Pero la Revolución Rusa le devolvería al cristianismo en una época de mártires. En él se unen filosofía y espiritualidad.

Sergei Nikolai Bulgakov nace en 1871 en Rusia, país dominado por el poder de los zares. Su familia le educó en la más estricta observancia de la religión ortodoxa, de hecho él era hijo de un pope.

Sergei, negándose a seguir las huellas de su padre, abandonará el Seminario al que ingresó, junto con muchos otros hijos de popes. Se declarará ateo. Se inclinará por el marxismo y las ciencias jurídicas, estudiando Derecho en la Facultad de Moscú. Se preparó intensamente para acceder a la cátedra de Economía política de dicha Facultad.

Al igual que Berdiaev (1874-1948), se ve arrastrado por la moda espiritual que se cernía sobre las capitales rusas. Tanto en San Petersburgo como en Moscú cientos de jóvenes e intelectuales impregnaban la vida artística, social y política de valores religiosos. Pasará del marxismo al idealismo filosófico y de éste al cristianismo. La Revolución rusa de 1917 hizo que nuestro pensador ruso tuviese un reencuentro acelerado con el cristianismo.

De jurista a teólogo

Su lucha en favor de los valores cristianos hace que en 1917 pase a ser miembro del Concilio religioso panruso, para la renovación de la Iglesia ortodoxa sobre la base de una comunidad independiente del Estado. Recibirá las órdenes como monje ortodoxo el lunes de Pentecostés de 1918 en Moscú e ingresará en el Sínodo Supremo panruso. Era normal verlo vistiendo su hábito talar en medio de los debates de la Academia de Ciencias de Moscú, en la Rusia leninista.

Tras la muerte de Lenin y con la subida al poder de Stalin se produce el éxodo masivo de artistas, poetas, filósofos y teólogos de la Unión Soviética. El es uno de ellos. Será expulsado en 1923 de su tierra natal. Permanece un año en Constantinopla y después vivirá en Praga, Dresden y Berlín.

En 1925 le llaman a París con el objetivo de dirigir el recién fundado Instituto Teológico. Ocupará el cargo de decano e impartirá de nuevo la docencia universitaria, pero esta vez en Teología Dogmática. A lo largo de su vida cabe subrayar su dedicación a formar teólogos, la evangelización de Europa y el esfuerzo denodado por practicar el ecumenismo mediante frecuentes reuniones con altos dignatarios de las Iglesias cristianas. Finalmente fallece en julio de 1944 en la ciudad del Sena.

Escritor influyente en Inglaterra y América sus obras principales, traducidas al alemán, nos sumergen en el apasionante mundo de la filosofía y la teología como bases para alcanzar la sabiduría divina.

Su espiritualidad

En sus escritos encontramos dos palabras que resumen su pensamiento espiritual: sophia y sobornost. Igualmente, cabe destacar la idea del Cristo cósmico, como pilar de su teología.

La sophia (”sabiduría”, en griego) es definida como energía originaria, el movimiento de todo movimiento. Es la energía que va transformando el cosmos. Él mismo nos dice: “la sophia es un templo absoluto y universal, pertenece a la Iglesia universal y a toda la humanidad, al universo futuro de la Iglesia” Nuestro pensador ruso identifica esta sophia con la Iglesia del futuro, una Iglesia liberada de todo lo terreno y de lo mundano, en alabanza continua al Creador.

Encontramos en él una espiritualidad profunda, conocedora de lo incomprensible, para llevar al hombre una esperanza de eternidad. Lo mismo ocurre con el sobornost (significa “reunir”, “gran convivencia”). Es la unión universal de todas las cosas en el Ser, en Cristo Jesús. Es una unión libre, solidaria, que se opone tanto al individualismo como al autoritarismo. Para el, en la convivencia entre todos los hombres está la fuerza de la religión, de cada espiritualidad, y es el testimonio vivo del amor de lo Divino a lo humano.

Cristología

En su teología la presencia de Cristo es relevante. La revelación es el tema que centra toda su espiritualidad ortodoxa. Pero no nos hallamos ante una revelación cualquiera, de un Dios que venga sólo a colmar nuestras ansias de trascendencia.
El va mucho más allá, la revelación es la manifestación del Cristo cósmico, un proceso continuo, inigualable, excelso. De ahí viene la vitalidad de todo cristiano, de cada vida interior. Esta revelación continua inspira cada una de las obras buenas del cristiano y las santifica en la Verdad.
Para él es Cristo quien sale al encuentro del hombre. La historia humana es como un apocalipsis, es la revelación divina en la realidad de las cosas. De ahí que la historia nos invite a la comprensión profética, respondiendo a nuestra vocatio con profundidad y coherencia.

Alabanza como prueba de amor

Su pensamiento sinfónico nace del corazón de un hombre enamorado de la creación. Una creación que le lleva, a su vez, a enamorarse locamente de lo divino.
Para él la frontera de la vida y la muerte han desaparecido, donde cada día renacemos a la gracia, a la vida eterna en el mundo. Y es la vocación cristiana la que nos lleva contemplar la Iglesia como ese lugar de encuentro entre lo humano y lo divino, en la alabanza continua del Creador, mediante detalles de amor, con salmos y ofrendas, con oración contemplativa y sacrificios para el Amor. Esta vida de unión con el Creador es una vida donde se pierde el miedo al mundo y al fracaso, donde la vida misma se convierte en fuente de alegría interminable, gaudium aeternum.

Por Juan Manuel Gutiérrez.