Küng


Por Casiano Floristán, profesor emérito de Teología Práctica en la Universidad Pontificia de Salamanca

Mis palabras de introducción al homenaje que la Asociación de teólogos y teólogas Juan XXIII tributa hoy a nuestro querido amigo Hans Küng no pretenden ser una laudatio académica en toda regla, sino agradecimiento sencillo -y si cabe, con humor- por sus contribuciones teológicas, fecundas y alentadoras para muchos de nosotros.

Vi por primera vez a Hans Küng en junio de 1960, en el patio del seminario católico Wilhelmstift de Tubinga con su pelo ondulado, tupé rubio, gafas “Truman”, tez curtida por los aires y soles del montañismo y la natación, mirada socarrona, sonriente y apuesto. Iba con sandalias sin calcetines, más parecido a un franciscano de Asís que a un jesuita de Roma. Sospecho que sus zapatos los dejó en el Colegium Germanicum et Hungaricum de Roma, donde cursó tres años de filosofía y cuatro de teología (1948-1955). Llamativo contraste: mientras que algunos españoles subíamos a Alemania a estudiar teología, un suizo-alemán bajaba a cursarla en la Gregoriana de Roma. Dice Küng en sus memorias con ironía: “la Roma católica me convirtió en un católico frente a la Roma de la curia”. Ejemplar conversión.

Hans se ordenó sacerdote diocesano el 9 de mayo de 1955 y celebró su primera misa en la cripta de San Pedro, debajo de la cúpula vaticana, sin que se conmovieran sus cimientos. Sin duda, hubo amigos y familiares sólidamente cristianos que rezaron para que el misacantano saliese airoso de sus futuros combates con los responsables de la curia romana. Ese día le rodearon sus padres y hermanos, tres varones y cinco mujeres. Hans es el mayor y todos han hecho piña a su alrededor cuando ha recibido un premio académico o un monitum de la Congregación de la Doctrina de la Fe, otrora Santo Oficio, vigilado por los cardenales, Ottaviani primero y Ratzinger después.

Al volver de estudiar en Roma y pasar por su casa familiar de Sursee, pueblo suizo donde había nacido en 1928, camino de París para obtener su doctorado, se puso unos zapatos ecuménicos del almacén de su padre, comerciante de calzados, con cuya compraventa se ganaba el pan y las salchichas para su familia numerosa.

En los dos años de París redactó brillantemente su tesis sobre la justificación en Karl Barth, teólogo protestante suizo, con quien trabó gran amistad. La publicación de su trabajo causó sensación, tanto en los medios teológicos católicos como en los protestantes. Empezó a ser conocido en toda Europa, a repensar la teología de arriba abajo y a ser vigilado por monseñores germanos y romanos. Los guardas suizos del Vaticano -por respeto a su paisano- quedaron al margen.

Después de la tesis doctoral tuvo tiempo de trabajar, entre 1957 a 1959, en la pastoral directa en Lucerna, sobre todo con gente joven. Además, llegó a ser profesor auxiliar en la Universidad de Münster de 1959 a 1960.

Entonces recibió la llamada de la Universidad de Tubinga. Se hizo cargo a sus 32 años de la cátedra de teología fundamental en la Facultad de Teología Católica, famosa por su escuela -la escuela de Tubinga-, primero protestante y después católica. Justamente en enero de 1959, un año antes, había convocado Juan XXIII el Vaticano II. Casualmente yo había defendido y aprobado en diciembre de 1959 mi tesis sobre las relaciones entre la pastoral alemana y la sociología religiosa francesa, bajo la dirección del pastoralista Arnold. Por Arnold supe que el claustro de la Facultad católica de Tubinga había aceptado en 1959 a Hans Küng como catedrático en lugar de Urs von Balthasar, exquisito teólogo de la estética, la dramática y la música celestial. Desde el principio de su docencia, las clases de Küng fueron apasionantes, alabadas y discutidas, originales y valientes.

Por cierto, yo regresé de Tubinga a mi diócesis de Pamplona con mi doctorado en pastoral. Al parecer era el primero que obtenía este título en España. Un cura navarro guasón, amigo mío, me presentó a los sacerdotes diocesanos así: este es Casiano, primer pastoralista de España y quinto de Alemania.

Volvamos a Tubinga. Los profesores Küng y Ratzinger, de la misma edad, coincidieron amigablemente tres años en la Facultad de Teología de esa preciosa ciudad, de 1965 a 1968. La revuelta estudiantil del 68 ahuyentó a Ratzinger de la Tubinga liberal a la Babiera conservadora y afianzó a Küng en su cátedra, tapizada de libertad y de verdad. Uno llegó a ser el vigilante de la fe y otro el vigilado. Ratzinger se apuntó a las decisiones inquisitoriales y Küng a las preguntas inquisitivas.

En poco tiempo se hizo Hans con el dominio de las principales lenguas europeas. Lo pude comprobar anualmente en las reuniones de la revista internacional Concilium, durante la semana de Pentecostés, a lo largo de dieciocho años, a partir de 1973, en cuyo consejo editorial ingresé con Gustavo Gutiérrez. La revista Concilium había sido fundada en 1964 por los teólogos Rahner, Congar, Schillebeeckx y Küng. Las discusiones de Küng con los colegas germanos, franceses y angloamericanos sobre cualquier tema, en cualquier idioma, eran admirables.

En 1975 fui a la reunión anual de Concilium, aquel año en Nimega, con la encomienda -por parte de unos curas de Vallecas- de traer una buena suma de marcos o dólares para pagar las homilías multadas de aquellos clérigos inquietos y ayudar a los curas que estaban en la cárcel concordataria de Zamora jugando al mus. Pasé la gorra y obtuve el equivalente de lo que entonces costaba un Seat 600. No sólo fue Küng el más generoso, sino que me dijo: “Si no basta, me lo dices”.

En una ocasión, estando reunido el consejo de dirección de la revista Concilium, me dijo en voz baja Christian Duquoc, teólogo francés, delicado de salud y fino de humor: “Estos alemanes son extraordinarios; cierran por la noche el bar del hotel, donde se quedan hasta las tantas, y al comenzar temprano la reunión a la mañana siguiente, discuten como si tal cosa de metafísica”.

Al final del encuentro nos predicaban Rahner o Congar -uno sordo y otro en silla de ruedas-, pero maestros espirituales indiscutibles de la eucaristía final, celebrada en gregoriano y en latín. Menos mal que nunca se asomó por allí un grupo de progres del 68 para increparnos de reaccionarios. Definitivamente quedé admirado de aquellos grandes teólogos: eran piadosos y cantaban bien el gregoriano. Hans Küng sabía más latín que los demás, ya que lo había perfeccionado en Roma a base de silogismos.

Soy testigo del cambio que, por influencia de Gustavo Gutiérrez y Leonardo Boff, hicieron los teólogos de Concilium respecto de la teología de la liberación, reconocida con magnanimidad. Hubo quienes aprendieron castellano para leer directamente los textos básicos latinoamericanos, editados en España, que yo me encargué de que los recibieran. Desde entonces fue tratada la teología de la liberación en Concilium con mimo, en el contexto lógico de alguna que otra discusión fraterna.

Las críticas de Küng sin pelos en la lengua a la curia romana han sido siempre claras y contundentes. “La nueva teología conciliar y posconciliar -afirma- apenas ha entrado en la curia”, en la que “se mantienen los privilegios y prerrogativas romanos usuales desde la Edad Media”. No cede Hans a los chantajes, huye de los aduladores y no se considera un “lobo solitario” ni un teólogo con “afecto antirromano”. Eso sí, pincha con una aguja fina los globos inflados de la curia, algunos llenos de aire y escasos de espíritu.

Nombrado en 1962 por Juan XXIII “perito conciliar”, trabajó activamente en el Vaticano II. Vivió paso a paso las cuatro sesiones conciliares, examinó los esquemas y los juzgó -antes y después- con lucidez singular. Como sabía escribir muy bien en latín, redactó muchas propuestas para que los obispos amigos renovadores las llevasen al aula conciliar. “No pongas mi intervención en un latín demasiado culto -le dijo una vez el cardenal belga Suenens- porque los obispos del Concilio no lo entienden. Hazlo en un latín macarrónico”.

Küng reconoce que el Concilio aceptó una serie de propósitos reformadores centrales. “A pesar de todas las decepciones- afirma-, el Concilio ha merecido la pena”.

Describe en el primer tomo de sus memorias los rasgos de los papas Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI con vigor y sin acritud, con seriedad y una buena dosis de humor. Esperamos su juicio sobre Juan Pablo II en el segundo tomo. Retrata a los grandes teólogos que ha conocido, valora y pondera sus contribuciones, admira a los exégetas seriamente documentados y muestra sintonía con los métodos histórico-críticos, que conoce y utiliza. Tiene párrafos que divulgan cuestiones de teología, describe con agudeza a personas, alude frecuentemente a la realidad política y mira con penetración países, paisajes y paisanajes.

Perito oficial del Vaticano II, ha sido discutido por sus escritos. Propuesto en una consulta popular como candidato al obispado de Basilea, la Congregación de la Doctrina de la Fe le retiró en 1979 la misión canónica de enseñar en la Facultad de Teología de Tubinga. No podía ser considerado teólogo católico. Pienso que esto le ocurrió, no sólo por sus consideraciones teológicas, sino por sus desconsideraciones respecto del Papa y del Opus.

No obstante, siguió en esta prestigiosa universidad estatal como profesor interfacultativo de teología ecuménica por decisión del rectorado. Su lema es “decir una palabra clara, con franqueza cristiana, sin miedo a los tronos de los prelados”. Cuando le dicen “siempre fue así”, contesta: “¿Fue siempre así? ¿Y tiene que ser siempre así?”. Le han acusado de que ha hecho todo “demasiado pronto”, como si esto fuera un desvarío. “Los teólogos -sentenció en una ocasión- no producen las crisis; simplemente las señalan”.

Al acabar la segunda sesión del Vaticano II en 1963, fue retirado de la circulación un libro suyo sobre el Concilio. Al terminar el Vaticano II provocaron muchas discusiones sus obras sobre la Iglesia y sus estructu­ras. En 1970 levan­tó una gran polva­reda su refle­xión sobre la infalibilidad­. Son incisivos sus últimos libros sobre la Iglesia Católica y sobre la mujer. Perma­nen­temente crítico frente al “sis­tema romano”, ha manteni­do con ­coraje su pertenencia activa a la Iglesia o -como él mismo señala-,a su “terru­ño espiritual”, que es el cristianismo.

Hans cono­ce los proble­mas cultura­les de nues­tra época, la tradi­ción cris­tiana, la situa­ción espiritual de cada momento, el presente de las Igle­sias ­y las grandes religiones hoy activas. Es maestro como expositor, tiene antenas para captar la modernidad y la posmodernidad, sintetiza investigaciones exegéticas e históricas y acuña brillantemente nuevas interpretaciones teológicas. Ha dado la vuelta al mundo por lo menos dos veces. Por eso escri­be -como lo recal­ca él mismo- desde un “hori­zonte universal”. No deja títere con cabeza, sobre todo si los títeres son presuntuosos y tienen la cabeza vacía o llena de serrín.

Ha sido profesor en la Universidad de Tubinga (Ale­ma­nia) desde 1959 hasta su jubilación académica en 1996 en su doble etapa, como profesor de la Facultad y de la Universidad. Numerosos líderes políticos y religiosos de Alemania le dedicaron un homenaje el 20 de marzo de 2003, con ocasión de su 75º cumpleaños, en el que destacaron sus méritos. Muchas instituciones han pedido su rehabilitación de teólogo católico. Lo han solicitado el presidente federal alemán Johannes Rau y el canciller Gerhard Schröder. No se consiguió. La ficha de Küng en el Santo Oficio 399/57 i no hay quien la borre. Que se sepa, sólo Juan XXIII, siendo Papa, logró que se destruyese la suya, después de haberla leído socarronamente.

Uno de los grandes temas que ha tratado Hans Küng es la esencia del cris­tianismo. Su respuesta es contundente: “No hay cristianismo sin Cris­to”. Por eso el cristianismo como religión no es meramente una idea (justicia o a­mor, por ejemplo), ni unos dogmas (cristológicos o trinitarios), ni una cosmovisión (frente a visiones ateas), sino la persona de Cristo Jesús. Jesucristo es la figura básica vivien­te de los cristianos, el centro del cristia­nismo. Sin Jesucristo no hay historia del cris­tia­nismo, ni reunión de cris­tia­nos. Küng señala unos “elementos estructurales centrales” que iluminan la esen­cia del cristianismo: la fe en un solo Dios, el seguimiento de Cristo y la acción del Espíritu Santo.

Creó la Fundación Ética Mundial, de la que es director desde 1995, dedicada al fomento del diálogo interreligio­so sobre postulados éticos. Ha logrado en poco tiempo que su Proyecto de ética mundial se extienda por todo el mundo, traducido a quince idiomas. Ha intervenido cuatro veces en la ONU, entre 1992 y 2001, sobre el diálogo de civilizaciones y culturas. Su prestigio ha sido reconocido con numerosos doctorados honoris causa.

Vino a Madrid en la primavera de 1957 a estudiar español, vivió en la Mutual del Clero y asistió a una corrida de toros y decidió no volver más. Como a mi me gustan los toros y estamos en España, me atrevo a decirle a Hans que sabe torear divinamente astados escolásticos, brinda desde el centro del ruedo a un gentío universal sentado democráticamente en la plaza, pone banderillas -si hace falta de fuego- a miuras que saben latín, da naturales con la izquierda a victorinos curialistas y ejecuta la suerte de matar a la primera, después de haber recibido algunas volteretas y cornadas clericales. Al final, ovación, dos orejas, vuelta al ruedo y salida a hombros por la puerta grande conciliar.

Como lo acaba de afirmar Erwin Teufel, primer ministro del Estado de Baden Württenberg, Hans Küng es “uno de los teólogos más importantes de nuestro tiempo”. Es el más audaz y bri­llante por los temas ­tratados, el senti­do críti­co de sus obras, su aporta­ción ecumé­nica, capaci­dad de síntesis­ y testi­monio cris­tiano. Sin duda es el teólogo católico más fecundo, original y controver­tido contemporáneo y uno de los que más ha influido después del Concilio.

Hans: reconocemos tu valía y dedicación con este homenaje. Te admiramos y te queremos.

ECLESALIA, 15 de marzo de 2004