Chiara Lubich


Su nombre original es Silvia, pero cuando fue llamada a trabajar con la Tercera Orden Franciscana, fascinada por la elección de Dios de Chiara de Asís, tomo el nombre de Chiara.

En medio de esta fascinación por Chiara de Asís, le toca vivir años de pobreza extrema. Su padre socialista, a causa de sus ideas, no logra encontrar trabajo. Cuando tenía 19 años fue a visitar el santuario de Loreto. Allí tuvo la primera intuición de lo que sería su vocación: contempló un nuevo camino en la Iglesia, que más tarde muchos seguirían, un nuevo estilo de comunidad focolar de laicos (hombres y mujeres) en la que también se injertaban los casados según el modelo de la familia de Nazaret.

Chiara, cuando tenía poco más de 20 años, enseñaba en la escuela y había empezado los estudios de filosofía en la universidad de Venecia, animada por una apasionada búsqueda de la verdad. En el clima de odio y violencia de la segunda guerra mundial, cuando todo se derrumbaba, descubrió a Dios como el único Ideal que permanece. Ella misma habla de “descubrimiento deslumbrante”, más fuerte que las bombas que golpeaban a Trento, su ciudad natal. Responde a esta llamada de Dios, consagrando por siempre su vida a Él, el 7 de diciembre de 1943.

Bajo los bombardeos, junto con sus primeras compañeras, llevó el Evangelio a los refugios. “Lo que le hagáis al más pequeño me lo hacéis a mí”. Compartía todo lo que tenía con los pobres. Aún en plena guerra, les llegaban con insólita abundancia víveres, vestidos, medicinas. Experimentó la aquellas promesas evangélicas de que : “Dad y se os dará”, “pedid y recibiréis”. De aquí nació su convicción de que el Evangelio vivido a la letra, era la solución de todo problema individual y social.
Frente al inminente riesgo de muerte, en medio de la guerra, se pregunta ¿qué palabra del Evangelio tendrá Jesús mayormente en el corazón? Descubre el mandamiento nuevo “amaos como yo os he amado”. Viviendo este amor, experimentó, gracias a la presencia viva del Resucitado, su amor, alegría, paz, fuerza, frutos del Espíritu. No olvida el testamento de Jesús: “Que todos sean uno como tu y yo” en el que descubre el porqué de sus vidas. “Había nacido para la unidad, para colaborar a realizarla en el mundo”. “El nosotros divino de la Trinidad, se convierte en el modelo del nosotros humano”. Este se revelará como el código para transformar no sólo los individuos, sino también la sociedad.

Una nueva corriente de amor, la espiritualidad de la unidad se revelará en profunda sintonía con el espíritu del concilio Vaticano II. Rápidamente se difunde en Italia, luego en Europa y en todos los continentes. El Movimiento asume la fisonomía - como dijo Juan Pablo II - de un pequeño pueblo, formado por más de 2 millones de personas de las más variadas categorías sociales, de edad, idioma, raza y creencias religiosas.
“Nadie sabía cuál iba a ser el desarrollo de esta Obra. Las circunstancias, que se verificaron poco a poco, lo revelaron. También la estructura del movimiento, más que sugerida por ideas humanas, ha sido obra de la sabiduría, por la presencia de un carisma, es decir de un don de Dios”, dice Chiara Lubich, quien se considera ” un sencillo instrumento en las manos de un Artista”.

Con la difusión en el mundo del arte de amar a todos, y siendo los primeros en amar, se da comienzo a los grandes diálogos con cristianos de diversas Iglesias. Surgieron muchos encuentros de Chiara con los jefes de las otras Iglesias: desde el patriarca Atenágoras al Patriarca Bartolomeo I, del Primado Anglicano Ramsey al Doctor Carey, el Prior de Taizé Roger Schutz, el obispo luterano Hanselman y Kruse. Todos bendicen y animan la difusión de esta espiritualidad de la unidad en sus Iglesias. Y coincidiendo con la entrega a Chiara del Premio Templeton por el progreso de la religión, en 1977, que impulsó el diálogo con judíos, musulmanes, hindúes, sikhs, animistas. Esta espiritualidad se revelará particularmente fecunda.

En enero de 1997, como primera mujer cristiana y laica, fue invitada a hablar de su experiencia espiritual a monjas y monjes budistas en un templo tailandés; en New York a 3.000 musulmanes en la mezquita de Harlem; y a los judíos en Buenos Aires, en abril de 1998.

Este diálogo se abre camino también con personas de diferentes convicciones no religiosas, atraídas por el ideal de fraternidad y solidaridad de los Focolares.
Chiara Lubich alimenta continuamente su obra con escritos, conversaciones, encuentros, viajes, dirigiéndose siempre al carisma e indicando poco a poco los desarrollos que revelan nuevas líneas en el designio original de Dios: la unidad de la familia humana.

Bajo esta clave de lectura se pueden leer los acontecimientos de estos años de 1996 a 1998, que la ven protagonista de nuevos encuentros con judíos, musulmanes y budistas, de la asignación de doctorados “honoris causa” en diferentes disciplinas: teología, filosofía, economía, ciencias humanitarias, comunicaciones sociales, de parte de universidades no sólo católicas sino también de pensamiento laico, en Polonia, Tailandia, Filipinas, Taiwan, Estados Unidos, México, Argentina y Brasil.
Chiara presenta la espiritualidad e la unidad en la UNESCO, en París, con motivo de la asignación del Premio 1996 por la Educación a la Paz, de las Naciones Unidas, donde, en el Palacio de Vidrio, interviene en un simposio sobre la unidad de los pueblos, en mayo de 1996.

En 1998 le es reconocida la acción en favor de la defensa de los derechos individuales y sociales, con el Premio Derechos del Hombre 1998, en el Consejo de Europa.