Dietrich Bonhoeffer


Hace cien años nació uno de los hombres cuyo pensamiento más ha fecundado el quehacer teológico de la segunda mitad del siglo XX, tanto en el campo protestante como en el católico. Sin embargo, cualquier acercamiento a la comprensión de Bonhoeffer pasa por integrar vida y pensamiento, puesto que la suya fue siempre una “teología de rodillas” interpretada y encarnada desde el seguimiento de Jesús. Esa y no otra, es la clave hermenéutica que nos permite situarnos en el lugar de observación correcto para acoger su visión del cristianismo. Más allá de los debates, a veces encendidos y justificados, que ha despertado en la comunidad teológica el acercamiento a este autor, importa sobre todo situarle como uno de los teólogos más cristocéntricos que ha conocido la historia de la Iglesia en los últimos cien años. Si la persona de Cristo es, y lo es, el “suelo teológico” sobre el que descansa toda comprensión de la Iglesia, entonces habría que agradecerle a Bonhoeffer la revalorización del acontecimiento Cristo en medio de una iglesia
protestante alemana legitimadora de un cristianismo irrelevante, aburguesado y amordazado por los poderes públicos.

Aspectos biográficos


1906 Nace en Breslau (Alemania), el 4 de Febrero.
1912 La familia se traslada a Berlín.
1923 Comienza los estudios teológicos en la universidad de Tubinga donde consigue el título de Doctor en Teología con “Sanctorum Communio” (”La Comunión de los Santos”) en 1927.
1928 Desempeña el cargo de vicario en la comunidad evangélica alemana de Barcelona.
1930 Escribe “Acto y Ser” y viaja a la Unión Theological de Nueva York.
1931 Ejerce como profesor de teología en le Universidad de. Es ordenado ministro de la iglesia luterana.
1933 Escribe “Cristología” (Apuntes que después publicará bajo el título “¿Quién es y quién fue Jesucristo?”.
1934 Ayuda a organizar la Iglesia confesante, una respuesta crítica a Hitler y a la Iglesia luterana que, en general, se había adherido al régimen sin reservas.
1935 Enseña en el seminario de la Iglesia confesante en Finkenwalde. En Diciembre, los nazis empiezan a poner freno a estas actividades.
1936 Se le prohíbe enseñar en la Universidad de Berlín.
1937 Cierra el seminario de Finkenwalde. Publica el libro “El precio de la gracia”: El seguimiento”.
1938 Se le prohíbe el trabajo pastoral y docente en Berlín. Trabaja en la redacción de “Vida en comunidad”.
1939 Viaja a Inglaterra y a los Estados Unidos, pero regresa rápidamente a Alemania.
1940 Se le prohíbe hablar en público. Es vigilado por la policía. Escribe parte de “La Ética”.
1943 Se compromete formalmente con Maria Von Wedemeyer; tres meses más tarde es arrestado y encarcelado en la prisión berlinesa de Tegel.
1944 Es trasladado a la cárcel de la Gestapo en Berlín.
1945 Es trasladado a varios campos de concentración, en el último de ellos, Flossenbürg, tras un juicio sumarísimo es ejecutado el día 9 de abril.

Su testimonio profético

La vida y obra de Bonhoeffer fueron, ante todo, un testimonio vivo de su fe en Jesucristo. Así lo resume la lápida conmemorativa en memoria suya: “Dietrich Bonhoeffer, testigo de Jesucristo entre sus hermanos”. Su testimonio es profético porque supo interpretar la voluntad de Dios y ser portavoz del evangelio, manteniendo viva la esperanza para su pueblo en tiempos muy difíciles. Pero es también martirial, porque su fidelidad inquebrantable le llevó a sufrir persecución, cárcel y muerte, por causa de Dios. Su testimonio es, en primer lugar, un testimonio de humanidad, de opción decidida y defensa de todo lo auténticamente humano amenazada por la barbarie, la injusticia y la opresión. Y, siendo así, es también un testimonio a favor de la causa de Dios y del evangelio en un mundo secularizado, en una sociedad rota y desintegrada. La vida y obra de Bonhoeffer están llenas de la vida y la fuerza del Espíritu, que hacen posible el disfrute pleno del evangelio ante las situaciones más imponderables de la existencia.

Su radicalidad evangélica

La radicalidad se muestra en una opción sin condiciones ante el evangelio, desde el seguimiento de Jesús. En la trayectoria de Bonhoeffer rastreamos momentos y experiencia que van marcando este modo de proceder: Su decisión de ser pastor, superando la oposición familiar; su opción por una Iglesia confesante, ante la profunda crisis que sufrió la Iglesia Protestante sometida al nacionalsocialismo; el rechazo a quedarse en los Estados Unidos, conociendo que el regreso le llevaría al sufrimiento y la persecución y la experiencia de fraternidad y vida en común en el Seminario de Finkenwalde. Todo ello, regado con una vida de oración, lectura y meditación de la Escritura que es, en el fondo, el elemento fundante de una existencia tan piadosa como intelectual. Este mensaje de radicalidad es importante, no sólo porque su pensamiento haya sido fuente de inspiración para la teología, sino porque es una llamada y una invitación a salir de la mediocridad cristiana, de todo conformismo, apatía y desilusión.

La unidad y coherencia de la vida


Todo su trabajo aparece traspasado por una doble actividad: Académica y pastoral. Como profesor, encarnó siempre sus enseñanzas y transmitió una credibilidad incontestable que fue reforzando su ministerio docente. Esta armonía entre teoría y práctica aparece plasmada en su libro “Vida en comunidad”, que nació de la experiencia fraterna con los jóvenes que se preparaban para el ministerio pastoral.

Un cristianismo desde la secularidad

Bonhoeffer rechaza un cristianismo caracterizado por los rasgos de lo metafísico, lo abstracto, lo ambiguo. Un cristianismo que tiene palabras y consideraciones piadosas para todo, que coloca a Dios en los huecos de la debilidad, la indigencia y la ignorancia, es una distorsión de la verdad. El rostro de Dios hay que buscarlo en solidaridad con el hombre, en una búsqueda constante y desde una responsabilidad adulta con todo lo auténticamente humano.

Un cristianismo que hable en exceso de las cosas santas y que olvide el sentido y el valor de nuestra realidad, no convence a nadie. Es necesario, afirma, proteger los misterios cristianos de la profanación. Es preciso aprender a guardar silencio ante el misterio y el ocultamiento de Dios del mundo. Lo fundamental es un cristianismo capaz de dar vida, no en un mundo reducido a la impotencia para que el elemento religioso triunfe sobre él, sino ante una realidad humana reconocida en su mayoría de edad con plena autonomía.

ASPECTOS DEL PENSAMIENTO DE BONHOEFFER QUE RESISTEN EL PASO EL TIEMPO

Un concepto revisionista de “Teología”

Frente a la tendencia privatizadora de la Teología en las primeras décadas del siglo XX, que se sitúa en gran medida ante una impresentable legitimación del status sociopolítico dominante, en Bonhoeffer subyace el compromiso de enfrentare el problema de la dialéctica religión/sociedad y fe/praxis, desde una actitud crítica y comprometida. A partir de este planteamiento, la teología no la cultiva como la mera defensa de doctrinas o dogmas eclesiásticos, sino que para él siempre aparece situada como un viaje hacia el descubrimiento

Tradicionalmente, buena parte de la comunidad teológica había pretendido, no sólo aparecer libre de contradicciones sino que, además, nadie la cuestionara desde fuera, con el fin de hacerse fuerte y resistente al paso del tiempo. Pues bien, para nuestro autor no es posible comprender la Teología como una ideología religiosa universal, invariable y eterna al servicio de intereses inconfesados. Nada de eso. Para él, la Teología es una tarea pública que debe hacerse crítica frente al mundo y sus proyectos, frente a la Iglesia y sus estructuras y, al mismo tiempo, frente a sí misma.

Bien entendido que el blanco de esas críticas no es la fe en sí misma, sino los envoltorios de la misma, sus formulaciones históricas y las versiones humanas de la palabra de Dios.

La Teología, en el pensamiento de Bonhoeffer, abandona sus vuelos metafísicos y se hace más bíblica, más práctica y más existencial, de modo que sus temas son percibidos con un interés nuevo. La razón es que se hace capaz de identificar las problemáticas que interesan a los destinatarios del mensaje cristiano, con el fin de iluminarlas y proveer soluciones. Así, la Teología sale de los despachos de los teólogos para aterrizar en la conciencia de las personas como algo que interesa porque responde a necesidades y desafíos concretos, de tal modo que resulta imposible permanecer neutral e indiferente ante sus propuestas.

Para Bonhoeffer, toda Teología ha de partir necesariamente de la encarnación como centro nuclear, porque en ella se da cuenta de la revelación de Dios a los hombres como momento culminante de la historia.

Por eso, es preciso tomar en consideración que la revelación no fue a base de ideas, sino sobre el fundamento de hechos concretos, dirigidos a seres concretos: A los judíos oprimidos, a los romanos opresores, a los fariseos autosuficientes y a las mujeres adúlteras. Es decir, en Jesús de Nazaret, Dios se convirtió en uno de nosotros, tomó la forma de siervo y se encarnó en la historia humana.

Desde estas premisas, se hace imprescindible subrayar la presencia de Cristo pro-me, porque desde su presencia viva y activa hoy es posible formular una teología que, naciendo de arriba, se comprende y se percibe desde abajo, porque su protagonista intervino en la historia desde dentro. Y así, la Teología dogmática se descodifica convirtiéndose en deudora de la Teología narrativa, y la Cristología se transforma en Cristopraxis.

Estas intuiciones, si bien no pudieron plasmarse en un proyecto sistemático, sin embargo, sirvieron como semilla capaz de fecundar otras teologías posteriores: Teología de la Secularización, Teología Política, Teologías de la Liberación (Latinoamericana, Negra, Asiática, Feminista, etc.)

La Soteriología como correlato de la Cristología

Para Bonhoeffer, la clave hermenéutica definitiva de toda cristología es la pregunta por el quién. Ahora bien, la respuesta a esta pregunta no es sólo una respuesta de la razón, sino siempre también una respuesta de la vida. Confesar a Cristo y seguirlo son dos caras de la misma moneda. Por eso, la persona, la vida, la muerte y la resurrección de Cristo constituyen el eje central de toda teología. Esto no quiere decir que la cristología agote la teología, pero sí permite situarla en el plano correcto para hacer comprensible el proyecto soteriológico de Dios.

Un estudio serio de la persona de Jesús tomando como referencia su historia contingente impone, necesariamente, el análisis escriturístico como elemento esencial. Para Bonhoeffer, no es posible partir de las premisas que ofrece un Cristo “confesado y dogmatizado”, agotado en propuestas herméticas y ahistóricas. El cristianismo sólo puede mantenerse vivo y será verdadero si cada época se pronuncia a favor de Jesús partiendo de una relación personal con él, avalada por la palabra revelada. Por tanto, la Cristología es esencialmente la afirmación de fe sobre la totalidad de una vida: La del Hijo de Dios encarnado De ahí brota una comprensión del acontecimiento Cristo que coloca en una relación de causa/efecto su vida y su muerte. En otras palabras, la significación salvífica de Jesús no tiene lugar sólo en su muerte, sino en el conjunto de su vida y de su mensaje sobre el reino de Dios, aunque es en su final donde ese sentido adquiere claridad y definitividad. Por eso, la frase “Jesús murió por nuestros pecados”, a pesar de ser revelada y perfectamente verdadera, entendida de un modo aislado puede resultar tremendamente mutiladora del acontecimiento Cristo si no se enraíza, ante todo, en la realidad histórica que la justifica.

En el pensamiento de Bonhoeffer, deudor de una cristología integral, la cruz de Cristo como hecho descontextualizado dice sólo derramamiento de sangre de un modo ambiguo. Entendida aisladamente y en sentido puramente dogmático, se vuelve arbitrariedad incomprensible. Sin embargo, la cruz entendida como historia es otra cosa. No es simplemente derramamiento de sangre, sino producto de causas históricas que, unidas a las razones divinas, iluminan un modo de ser y de vivir del Dios hecho hombre. Por consiguiente, sólo desde la historia de Jesús expresada en la palabra revelada de los evangelios, la cruz dice amor, justicia, perdón, servicio y compromiso. Si el crucificado ha vivido humanamente, entonces la cruz es expresión radical de entrega. Y esa existencia puede ser ofrecida como salvación, porque reproducirla en la historia es vida auténtica. En resumen, la ejemplaridad invitante de Jesús (”Puestos los ojos en Jesús) es soteriología histórica eficaz, pero además, proyecta la esperanza de plenitud de vida más allá de la muerte.

Por eso resulta imposible evadir el componente de escándalo en el itinerario de Jesús, Dios hecho hombre. Porque en la cruz aparece el silencio de Dios, una aparente impotencia e inoperatividad que no parece transmitir signos de poder auténticamente liberador. Es la imagen del desarme unilateral de Dios. Pero, si se la relaciona con la manifestación de Dios en la resurrección, entonces se hace creíble su poder salvador y se resitúa correctamente lo que de escándalo transmiten el sufrimiento, la cruz y la muerte. La debilidad de Dios ante el Cristo crucificado es la expresión de su absoluta cercanía al sufrimiento humano hasta la situación más límite conocida. Y esto hace que el poder de Dios sea realmente creíble porque, si el Dios que aparece en Jesús participa en el sufrimiento humano de algún modo, ello significa la superación del deísmo y de la apatheia de los dioses y revela a un Dios que no sólo salva a la criatura que sufre, sino que la salva a la manera humana, solidarizándose con ella. Por eso, la resurrección funda historia abriendo un futuro existencial para ser vivido, desde la propuesta de Bonhoeffer, a partir del seguimiento creyente del crucificado.

Un ecumenismo desde convicciones innegociables

La teología y praxis de Bonhoeffer constituyen toda una invitación a descubrir el sentido de la unidad de la Iglesia. Se trata de una cuestión esencial para su tarea evangelizadora y su misión profética. Su gran mérito consistió en haber proporcionado una base teológica al ecumenismo y, por consiguiente, en su momento histórico, una razón al servicio de la paz. Además, en unas circunstancias muy adversas fue capaz de percibir que no hay más que una Iglesia para una sola realidad humana, y que ese hecho entraña otros dos: La obligación de mantener la paz entre las naciones y la necesidad que tiene la Iglesia de integrar a todos los que lo desean.

Cuando estudió en los Estados Unidos le impresionó la cantidad de denominaciones protestantes que manifestaban la división de la Iglesia. Al referirse a las iglesias americanas como iglesias protestantes sin reforma comentó: “¿Debemos simplemente resignarnos a la multiplicidad de iglesias como una cosa dada y, por tanto, como un hecho que responde a la voluntad de Dios?. ¿Podría existir otra unidad de la Iglesia que no fuera en la fe y en un solo Señor?. Para Bonhoeffer, la necesidad de distinguir teológicamente las palabras de Cristo: “Que todos sean uno para que el mundo crea” (Juan 17) debe ser una necesidad urgente. La unidad del Cuerpo de Cristo es una necesidad esencial, primero como obediencia a Cristo y, segundo, para la evangelización y la misión profética de las iglesias protestantes

La labor ecuménica la convierte en una tarea de primerísimo magnitud a través de cartas, actividades, artículos, etc., porque Bonhoeffer creía en el ecumenismo de una forma teológica. Por ello, fue un hombre que comprendió con agudeza los problemas que la diversidad de confesiones y denominaciones planteaba, pero también se apercibió de las posibilidades futuras que ofrecía el trabajo por la unidad de las iglesias.

Conclusión

El pensamiento de Bonhoeffer es una de las más claras expresiones del verdadero quehacer teológico, es decir, una teología confesante a la vez que confesional. Como teología auténtica se dirige a su tiempo acompañando a la Iglesia en su devenir histórico. Como teología fiel lo hace siempre nutriéndose de las normas que han dado a la teología su perfil propio en la historia de la Iglesia. Lo confesante implica así una libertad de testimonio frente al tiempo, pero sin caer en paradigmas estancos. Lo confesional significa recordar al mundo y a la Iglesia su verdadero horizonte en Cristo, que les permite tener sus respectivos espacios en relación a Dios.

En Bonhoeffer tenemos la percepción de un tiempo de confesión que implica, tanto un posicionamiento político frente al mundo, como una reivindicación de la verdadera contextualidad eclesial de la labor teológica.

1 comentario:

Anónimo dijo...

HOLA SOY UN FRANCISCANO Y ESTOY HACIENDO MI SÍNTESIS DE TEOLOGÍA BASANDOME EN EL LIBRO DE BONHOEFFER,El precio de la gracia, y me ha parecido bien estas afirmaciones que me ayudan a entender un poco mas el gran aporte teologioco de este grande de nuestra historia moderna. gracias