Sexualidad y espiritualidad: el verbo hecho carne

Jordi Àlvarez Carniago, psicoterapeuta Transpersonal 

La integración de la sexualidad en la práctica espiritual es un tema difícil de tratar aunque de ferviente actualidad. Este momento de crisis de valores, económica, cultural y ecológica, favorece la búsqueda popular de una espiritualidad, de una autenticidad, que ofrezca una alternativa al materialismo egoísta.

La sexualidad, en sus aspectos más cotidianos, es una fuente de vitalidad y placer, una forma de relacionarse con uno mismo y con el mundo. Muchas de las personas que intentan o deciden orientar su vida desde la búsqueda de lo sagrado, de lo espiritual, se plantean como integrar ese aspecto tan importante en sus prácticas y filosofías, sin embargo esta no es tarea sencilla. Por un lado nos encontramos con el oportunismo de muchos supuestos maestros o terapeutas que están ofreciendo cursos y talleres que dicen tener soluciones sencillas y superficiales a este tema (y a muchos otros) basándose normalmente en supuestos e ideas extraídos de las filosofías orientales o indígenas o bien desde diferentes corrientes terapéuticas y psicológicas. Por otro lado existe una gran variedad de escuelas, tradiciones y corrientes espirituales que, lejos de compartir un fondo común de sabiduría perenne, tienen interpretaciones y valoraciones muy diferentes del valor de la sexualidad y de cuál es su papel en la práctica espiritual que oscilan desde el rechazo total hasta ser un tema central de su filosofía.

Nuestra cultura tiene a su vez una posición dual y contradictoria al respecto. Estamos sumidos en un sistema social donde la sexualidad se ha convertido en un producto más del mercado y un elemento de dominación social y cultural. Sin embargo el substrato religioso y cultural del Catolicismo español supone aun una carga ideológica muy fuerte de represión de la sexualidad y una visión patriarcal con una presencia consciente o inconsciente de la culpa y el pecado respecto al deseo sexual y a la sensualidad.

Mi aportación a este difícil tema está orientada desde mi práctica como psicoterapeuta de orientación Transpersonal y desde mi propia búsqueda y experiencia espiritual.

Desde este punto de partida, la sexualidad y la sensualidad son observadas como elementos del potencial energético, o vital, de la esencia a desarrollar para conseguir un equilibrio físico, psíquico y espiritual. Sin un desarrollo sano y pleno de la sexualidad es muy difícil que las experiencias de conciencia que tiene la persona se asienten, se integren, en una vida cotidiana creando una dualidad entre la práctica o la vida espiritual y la existencia encarnada. La represión o la contención de la capacidad de disfrutar de los estímulos sensuales, y por tanto de la sexualidad, comporta inevitablemente un trastorno psíquico y emocional-afectivo que impedirá la relajación y la aceptación de las experiencias espirituales que se expresan a través del cuerpo.

La espiritualidad es la conciencia de la verdadera identidad de la persona, la paradoja del ser en unidad con la creación, que experimenta una existencia encarnada y separada de los otros seres. Tanto la mente como el cuerpo son, a la vez, elementos que, en relación con la conciencia de identidad, pueden llevar a una experiencia de aislamiento y alejamiento como ser la fuente de las experiencias de unidad y fusión. En este sentido existen prácticas espirituales para superar la identificación con ambos, mente y cuerpo, pensamiento y sensación, y acceder a niveles de conciencia donde la personalidad se diluye en el mar de la unidad.

Son bien conocidas las técnicas de meditación que permiten acceder a las experiencias de trascendencia, sin embargo existe un gran desconocimiento de las prácticas que permiten experimentar la unidad con toda la existencia física o experiencias de inmanencia. Curiosamente las experiencias místicas espontaneas, muy a menudo, se dan en prácticas físicas y/o sensoriales. Como bien explica el psicólogo Charles T. Tart, en su libro “Estados de conciencia”, existen dos formas de acceder a esas experiencias místicas: por saturación de los elementos sensoriales y por reducción de los mismos. Entre las prácticas que pueden conducir a experiencias místicas por saturación sensorial encontraríamos por ejemplo la música o la danza, como sucede en los trances obtenidos por el movimiento giratorio de los giróvagos de la tradición sufí o la escucha del repiqueteo de los tambores en las tradiciones chamánicas. También el esfuerzo físico llevado al límite puede producir los mismos efectos de saturación sensorial como sucede muy a menudo en los partos o el “subidón del corredor” experimentado por los deportistas. Por supuesto existen muchos relatos de experiencias místicas durante las relaciones sexuales, siendo, desde mi experiencia, una de las fuentes más comunes de experiencias místicas espontaneas.


Pese a las evidencias de la capacidad que tiene la expresión de la energía sexual para conducirnos a estados de conciencia más allá de la identidad egóica, muy pocas tradiciones han desarrollado unas prácticas específicas para conducir y desarrollar este aspecto del ser, la mayor parte de las escuelas espirituales no las recomiendan o, directamente, las reprimen.

Cada persona camina su propio camino y muchos tienen la suerte de transitar esta senda de descubrimiento por caminos escritos y con el bagaje de unas tradiciones milenarias. Otros, como yo mismo, caminamos junto a las sendas reconocidas sin sentirnos del todo acogidos por ninguna escuela, aprendiendo por etapas aquí y allá, tal vez descubriendo nuevos territorios. Desde mi experiencia, propongo observar humildemente, las señales de atención de las antiguas vías, que nos avisan del potencial error, para encontrar la vía segura aquí y ahora.

Una de las principales objeciones que se hace al respecto de esta integración de la sexualidad, por parte de muchas escuelas, es el peligro de adicción o apego al placer. Esto nos informaría de que es necesario tener una psique sana y consciente de sus aspectos más ocultos, de la sombra como dijo C.G. Jung, para evitar la adicción y que la sexualidad acabe siendo, no una vía de desarrollo espiritual, sino una cadena más que impida este desarrollo.

Se insiste también en el peligro del egoísmo hedonista. Este sería un obstáculo para la liberación de la identificación con el ego o la mente. Creo que esta trampa solo se puede salvar a través del desarrollo del potencial de amor. Así a través de la conciencia de nuestra identidad unitaria, con todos los seres, y la aceptación y compasión por nuestra dimensión limitada i finita, como seres encarnados, al sentir un amor incondicional por nosotros mismos y por el otro, evitaríamos la dependencia, el apego. 

Finalmente el principal escollo que advierten es el alejamiento de las dimensiones trascendentes al tratarse de una práctica inmanente. Esta dificultad, en mi opinión, aparece en un marco donde la práctica espiritual es predominantemente masculina. Esta circunstancia comporta una falta de integración de la dimensión masculina-femenina, el animus y el ánima Junguianos. Para sortear este obstáculo se tiene que entender nuestro papel activo en la misma creación Divina, nuestra misión de transformar el mundo material a través de la acción como expresiones de la misma Divinidad universal, de la conciencia, que manifiesta su voluntad creativa a través nuestro, vivir una espiritualidad encarnada.

Hasta aquí llega mi propuesta, seguro que aparecerán nuevas oportunidades de crecer, nuevas trampas del ego. Así pues espero que escuchando las voces de las tradiciones, que nos avisan de la dificultad de la integración de la sexualidad y la espiritualidad, podremos caminar nuestro propio camino, siempre sabiendo el riesgo que comporta el abrir nuevas rutas.

Barcelona, 18 de octubre del 2016.

Cal que sigui fosc per veure el cel

Joan Taltavull

Cal que sigui fosc per veure el cel.
Deixam brillar els estels quan apagam el que ens envolta.
Cal endinsar-se en la foscor per poder créixer i donar a llum.
És dins nostre, ben profund, on descobrim que neix la vida.
Dins la cova d'un mateix, i amb l'escalfor dolç de l'amor,
el caliu i el buf fan aparéixer, aquella flama que il·lumina.

Cal no mirar-se a sí mateix, i així veure millor als altres.
Que en els altres ens veiem, i ens coneixem també a nosaltres.
Igual que mirant el cel, sense més interferències,
ens adonam que tot el Cel, en realitat està dins nostre.

El Árbol del Conocimiento

J. Oliver-Bonjoch


Este año os felicito la Navidad y el año nuevo con mi propia versión del Árbol del Conocimiento, una imagen alegórica de la sabiduría presente en culturas y civilizaciones de todos los rincones de la Tierra. La Navidad coincide con la celebración ancestral de la victoria de la Luz sobre las tinieblas, y la búsqueda de la sabiduría se describe simbólicamente como un camino que lleva hacia la iluminación. Aunque creo que la verdadera sabiduría también se encuentra fuera de los libros y tiene que ver con la capacidad de amar, con ‘mi’ árbol he querido expresar la diversidad de fuentes del conocimiento. Por eso, entre las raíces ‘hambrientas de conocimiento’, he dibujado diversos tipos de soportes de la escritura que pertenecen a civilizaciones representativas de todas las épocas y de todos los continentes.

Al mismo tiempo me adhiero al 7º centenario de Ramón Llull, quien utilizó este árbol alegórico para explicar visualmente sus planteamientos metodológicos, tan útiles para el progreso del pensamiento europeo. El Árbol de la Ciencia de Llull es, precisamente, el emblema de la institución donde ha crecido y madurado mi vocación docente a lo largo de los últimos quince años, y donde también he tejido firmes lazos de afecto y amistad con compañeros y exalumnos. Pero, al hacer memoria de Llull, también hago memoria de mi abuela mallorquina, que fue la primera persona que me habló de él, como de tantas otras cosas relacionadas con Mallorca que le gustaba contarnos a mi hermana y a mí. De hecho, los antepasados catalanes de mi abuela llegaron a la isla en la misma época que lo hicieron los padres de Ramón Llull, así que quien sabe si ambos árboles genealógicos se conectaron en algún momento de los siete siglos que han transcurrido desde entonces...

Navidad 2016



Un fragmento del concierto de Navidad del
coro del King’s College de Cambridge.

¿Qué significa vivir una vida espiritual plenamente encarnada?

Jorge N. Ferrer

Este ensayo revisa qué significa una espiritualidad encarnada –basada en la integración de todas las facultades humanas incluyendo cuerpo y sexualidad– y la contrasta con la espiritualidad desencarnada –basada en la disociación y/o sublimación– prevalente en la historia religiosa humana. Pasa a describir qué significa aproximarse al cuerpo como socio viviente con quien co-crear la vida espiritual propia, y delinea diez rasgos de una espiritualidad plenamente encarnada. El artículo concluye con algunas reflexiones sobre el pasado, presente y futuro potencial de la espiritualidad encarnada.

Porque en él la totalidad plena de la divinidad vive corporalmente
(Colosenses 2:9) 


¿Qué es la espiritualidad encarnada? 

A la luz de nuestra historia espiritual, sugiero que ‘desencarnado’ no denota que el cuerpo y sus energías vitales/primarias hayan sido ignorados en la práctica espiritual –definitivamente no lo han sido– sino que más bien fueron consideradas fuentes no legítimas o no fiables, por derecho propio, a la hora de experimentar vislumbres espirituales. En otras palabras, el cuerpo y el instinto no han sido, en general, considerados capaces de colaborar en términos de igualdad con el corazón, la mente y la consciencia a la hora de lograr la liberación y la realización espirituales. Lo que es más, muchas tradiciones y escuelas religiosas consideraron que el cuerpo, y el mundo primario (y algunos aspectos del corazón, en lo que se refiere a ciertas pasiones), se constituían de hecho en obstáculos al florecimiento espiritual – un punto de vista que a menudo llevaba a la represión, regulación o transformación de estos mundos, y su puesta al servicio de más ‘altos’ objetivos de la consciencia espiritual. Es así que la espiritualidad desencarnada a menudo cristalizaba en una vida espiritual ‘desde el chakra del corazón hacia arriba’, basada preeminentemente en un acceso mental y/o emocional a la consciencia trascendente, que tendía a perder de vista las fuentes espirituales inmanentes en el cuerpo, la naturaleza, y la materia.

Jorge N. Ferrer
Por contraste, una espiritualidad encarnada contempla todas las dimensiones humanas –cuerpo, vital, corazón, mente y consciencia– como socios en pie de igualdad a la hora de atraer a uno mismo, a la comunidad, y al mundo, a una alineación más plena con el Misterio del cual todo surge. No es sólo que no sean un obstáculo, sino que desde este punto de vista, la participación del cuerpo y sus energías primarias es crucial para una transformación espiritual completa. Esto no significa que una espiritualidad encarnada sea indiferente a la necesidad de emancipar el cuerpo y el instinto de posibles tendencias alienadoras; más bien significa que todas las dimensiones humanas se reconocen como capaces no sólo de posible alienación, sino también de participar libremente en el desarrollo del Misterio de la vida aquí, sobre la tierra.

El contraste entre ‘sublimación’ e ‘integración’ puede ayudar a clarificar esta distinción. En la sublimación la energía de una dimensión humana se usa para amplificar, expandir o transformar las facultades de otra dimensión. Este es el caso, por ejemplo, del monje célibe que sublima su deseo sexual como catalizador de una expansión espiritual, o para incrementar el amor devocional del corazón; o cuando un practicante del tantra utiliza las energías vitales/sexuales como carburante para catapultar la consciencia hacia estados del ser desencarnados, trascendentes, o incluso transhumanos. Como contraste, la integración de dos dimensiones humanas involucra una transformación mutua, o ‘matrimonio sagrado’, de sus energías esenciales. Por ejemplo, la integración de la consciencia y el mundo vital logra que la primera esté más encarnada, vitalizada e incluso erotizada, mientras que garantiza a la segunda una vía evolucionaria inteligente, más allá del impulso de la instintualidad dirigida biológicamente. Esto no equivale a decir, por supuesto, que la sublimación no tenga ningún lugar en una práctica espiritual encarnada. Los caminos espirituales son intrincados y multifacéticos, y la sublimación de ciertas energías puede ser necesaria –incluso crucial– en determinadas situaciones o para determinadas disposiciones individuales. Pero considerar a la sublimación como un objetivo o dinámica energética permanentes supone una vía rápida para la espiritualidad desencarnada.

Una espiritualidad encarnada plena, sugiero, emerge del interjuego creativo entre las energías espirituales trascendente e inmanente, en el seno de individuos completos, que abrazan la completitud de la experiencia humana a la vez que permanecen firmemente enraizados en lo corporal y lo terreno.

Sin duda alguna las actitudes religiosas hacia lo corporal han sido profundamente ambivalentes, considerando al cuerpo como fuente de apegos, pecaminosidad, y desviación por un lado, y como lugar de revelación espiritual, y divinización, por el otro. La inhibición frecuente de las dimensiones primarias de la persona –somática, instintiva, sexual, y ciertos aspectos emocionales– puede haber sido necesaria en ciertas encrucijadas históricas para permitir la emergencia y maduración de los valores del corazón y la consciencia humana, así como evitar la reabsorción de una autoconsciencia emergente. En el contexto de la praxis religiosa esto se puede conectar a la consideración ampliamente extendida de que ciertas cualidades humanas son más ‘correctas’ espiritualmente, o más beneficiosas, que otras; por ejemplo ecuanimidad frente a pasiones intensas, trascendencia frente a encarnación sensual, castidad o un ejercicio estrictamente regulado de la sexualidad frente a exploración sensual sin objetivos concretos, etcétera. Lo que puede caracterizar a nuestro momento presente, sin embargo, sería la posibilidad de reconectar todos estos potenciales humanos de una manera integrada.

En otras palabras, habiendo ya desarrollado una consciencia auto-reflexiva y las sutiles dimensiones del corazón, podría haber llegado el momento de reapropiarse de, e integrar, las dimensiones más primarias e instintuales de la naturaleza humana al objeto de lograr una vida espiritual plenamente encarnada.


El Cuerpo Viviente 

El cuerpo como sujeto: el cuerpo no es un “Eso” que se pueda reificar para usarlo como medio para lograr objetivos, o incluso éxtasis espirituales, de la mente consciente. Es un “Tú”, un socio íntimo con quien las otras dimensiones humanas pueden colaborar para alcanzar formas de sabiduría liberadora siempre creciente.

El cuerpo como hogar de un ser humano completo: Una vez que superamos por completo la dualidad entre materia y Espíritu, no se puede ver ya al cuerpo como ‘prisión del alma’ ni incluso como ‘templo del Espíritu’. El misterio de la encarnación nunca aludió a la ‘entrada’ del Espíritu en el cuerpo, sino a que ‘llegó a hacerse’ carne: “Al principio fue el Verbo, y el Verbo era Dios, .... y el Verbo se hizo carne” [Juan 1:1, 14].

El cuerpo como fuente de vislumbres espirituales: Si descartamos bloqueos o disociaciones graves, la energía creativa del cuerpo se transforma somáticamente en impulsos, emociones, sentimientos, pensamientos, vislumbres, visiones, y en última instancia, revelaciones contemplativas. El cuerpo es la dimensión humana que puede revelar el sentido último de la vida encarnada. Al ser él mismo una entidad física, el cuerpo atesora en sus profundidades la respuesta al misterio de la existencia material. El sentido de la vida no es algo que se discierna y conozca intelectualmente por medio de la mente, sino algo sentido en las profundidades de nuestra carne.

El cuerpo como microcosmos del universo y del Misterio: Prácticamente todas las tradiciones espirituales sostienen que hay una resonancia profunda entre el ser humano, el cosmos, y el Misterio: “como es arriba, es abajo”. El pensador jesuita Pierre Teilhard de Chardin (1968) lo expresó de este modo: “Mi materia no es una parte del universo que yo posea en su totalidad; es la totalidad del universo que yo poseo parcialmente”.

El cuerpo como pieza clave para una transformación espiritual duradera: El cuerpo es un filtro mediante el cual los seres humanos pueden purificar tendencias energéticas contaminadas, heredadas tanto biográfica como colectivamente. Dado que la naturaleza del cuerpo es más densa que los mundos emocional, mental y consciente, los cambios que suceden en él son de naturaleza más duradera y permanente. En otras palabras, una transformación psicoespiritual duradera necesita estar enraizada en una transformación somática. La transformación integrada de los mundos somáticos/energéticos de una persona cortocircuita la tendencia de hábitos energéticos a volver, creando así cimientos sólidos para una transformación espiritual completa y permanente.


Rasgos de una espiritualidad encarnada 

A la luz de esta comprensión amplificada del cuerpo humano, ofrezco a su consideración diez rasgos de una espiritualidad encarnada:

1. Tendencia a integrar: Una liberación de la consciencia dentro de la consciencia no debería confundirse con una transformación integral que involucra la alineación espiritual de todas las dimensiones humanas. Dado que para la mayoría de los individuos su mente consciente es el asiento de su sentido de la identidad, una exclusiva liberación de la consciencia puede ser engañosa, hasta el punto en que podemos creer que somos por completo libres mientras que, de hecho, hay dimensiones esenciales de nosotros mismos que están infradesarrolladas, alienadas, o apegadas.

2. Realización a través del cuerpo: Con el fin de propiciar una genuina práctica encarnada es esencial hacer contacto con el cuerpo, discernir su estado actual y sus necesidades, y crear espacios para que el cuerpo engendre sus propias prácticas y talentos. Cuando el cuerpo se hace permeable a energías espirituales tanto inmanentes como trascendentes, puede encontrar sus propios ritmos, hábitos, posturas, movimientos y rituales carismáticos. Hay una energía espiritual creativa que reside en el seno del cuerpo – un dinamismo vital inteligente que espera emerger para orquestar nuestro desarrollo como seres humanos completos.

3. Despertar del cuerpo: En su capacidad corporal el organismo psicosomático se pone alerta calmadamente, sin la intencionalidad propia de la mente consciente. Podríamos hablar así del despertar consciente de las mismísimas células del organismo.

4. Resacralización de la sexualidad y del placer sensual: Cuando el mundo vital se reconecta a la vida espiritual inmanente, los instintos primarios pueden colaborar espontáneamente en nuestro desarrollo psicoespiritual en un despliegue que no necesita sublimarlos o trascenderlos. En una espiritualidad encarnada resulta esencial rescatar de manera no-narcisista la dignidad y la significación espiritual del placer físico. De la misma manera que el dolor ‘contrae’ al cuerpo, el placer lo ‘relaja’, haciéndolo más poroso al flujo y presencia de energías espirituales tanto inmanentes como trascendentes.

5. La urgencia creativa: La regulación social y moral de la sexualidad puede haber tenido un impacto inesperadamente debilitante sobre la creatividad espiritual humana a través de las tradiciones durante siglos. Mientras que a través de nuestra mente y consciencia tendemos a acceder a energías espirituales sutiles que ya han actuado en la historia y que muestran formas y dinámicas más fijas, es la conexión con nuestro mundo primario lo que nos da acceso al poder generativo de la vida espiritual inmanente.

6. Visiones espirituales enraizadas: Cuantas más dimensiones humanas participen creativamente en el conocimiento espiritual, mayor será la congruencia dinámica entre la aproximación investigadora y el fenómeno estudiado, y mayor será el enraizamiento, coherencia o sintonía de nuestro conocimiento en el desarrollo constante del Misterio.

7. Naturaleza intramundana: Nacimos en la tierra. Yo creo apasionadamente que esto no es irrelevante, no es un error, ni el producto de un delirante juego cósmico cuyo fin último sea que trascendamos nuestro problema de estar encarnados. Hacer que este intento de trascendencia se constituya en modus operandi espiritual permanente trae consigo disociaciones en la vida espiritual propia, con el resultado de desvitalización corporal, desarrollo emocional o interpersonal coartado, o falta de discriminación en torno al comportamiento sexual – como ilustran los repetidos escándalos sexuales en torno a conocidos maestros de la espiritualidad contemporánea Occidental y Oriental. Una espiritualidad encarnada nos invita a abrir las puertas y ventanas de nuestro cuerpo para que siempre nos sintamos completos, cálidos, y nutridos en nuestra casa, incluso cuando a veces queramos celebrar el esplendor de la luz exterior. La diferencia crucial reside en que nuestra excursión vendrá motivada no por déficit o hambre, sino por una meta-necesidad de celebrar, co-crear, y adorar el Misterio creativo último. Es aquí, en nuestra casa –la tierra y el cuerpo– que podemos desarrollarnos plenamente como seres humanos completos, sin tener que ‘escaparnos’ a ningún sitio para encontrar nuestra identidad esencial o sentirnos enteros.

8. Resacralización de la naturaleza: Cuando sentimos al cuerpo como hogar nuestro, también podemos recuperar el mundo natural como nuestra tierra madre. Este ‘enraizamiento doble’ en nuestro cuerpo y la tierra no sólo cura radicalmente el extrañamiento entre identidad moderna y naturaleza, sino que también supera la alienación espiritual –a menudo manifestada como ‘ansiedad difusa’– intrínseca a la prevalente condición humana de encarnación ralentizada o incompleta.

9. Compromiso social: Un ser humano completo reconoce que, de manera fundamental, somos nuestras relaciones con el mundo humano y no-humano; este reconocimiento está vinculado inevitablemente con un compromiso para la transformación social. Dada nuestra crisis global actual, una espiritualidad encarnada no puede mantenerse divorciada del compromiso por una transformación social, política y ecológica – tome ésta la forma que tome.

10. Integración de materia y consciencia: Existe una creencia –consciente o inconsciente– de que todo lo relacionado con la materia no mantiene relación con el Misterio. Esta creencia, a su vez, confirma que la materia y el Espíritu son dos dimensiones antagónicas. Entonces surge la necesidad de abandonar o condicionar la dimensión material con el fin de fortificar la espiritual. La espiritualidad encarnada busca una integración progresiva de materia y consciencia, lo que en última instancia puede llevarnos a un estado que denominaríamos de ‘materia consciente’.

En última instancia, la espiritualidad encarnada busca catalizar la emergencia de seres humanos completos – seres que manteniéndose enraizados en sus cuerpos, en la tierra, y en una vida espiritual inmanente, han hecho todos sus atributos permeables a las energías espirituales trascendentes; y cooperan solidariamente con otros en la transformación espiritual del ser, de la comunidad, y del mundo.


Acerca del autor Jorge N. Ferrer, doctor, dirige el Departamento de Psicología Oriental y Occidental en el California Institute of Integral Studies [Instituto Californiano de Estudios Integrales], San Francisco, donde ejerce docencia en el área de estudios transpersonales, misticismo comparativo, investigaciones sobre espiritualidad encarnada, y perspectivas espirituales de la sexualidad y la relacionalidad. Es el autor de Revisioning transpersonal theory: a participatory vision of human spirituality (SUNY Press, 2002) y co-editor de The participatory turn: spirituality, mysticism, religious studies (SUNY Press, 2008). Revisioning Transpersonal Theory: A Participatory Vision of Human Spirituality (State University of New York Press, 2002) [versión castellana: Espiritualidad Creativa (Kairos, 2003)] y co-editor de The Participatory Turn: Spirituality, Mysticism, Religious Studies (State University of New York Press, 2008) [versión castellana El Giro Participativo:Espiritualidad, Misticismo y el Estudio de las Religiones. Barcelona: Kairos, 2011].

Artículo condensado por Amanda Molas. 
Imagen: Ilustración del artista William Blake: The Sun at His Eastern Gate (1816-1820).