El río de la Palabra en la Biblia


I. Buscar la Palabra

Hay católicos que sufren, se inquietan y se desconciertan. Se preguntan por qué los sabios liturgistas nos proponen lecturas cuyo contenido es contrario a la doctrina cristiana y al rostro del Padre revelado por Cristo. La respuesta, en mi opinión, es sencilla: La "clase sabia" de nuestra Iglesia -celosa de que ninguna letra se pierda- se empeña en freírnos el pescado sin limpiar. Y el Pueblo humilde, sufriente y silente, a comer lo que le pongan sin rechistar.

El error parte de considerar toda la Escritura "palabra de Dios". Lo afirmo desde la "libertad de los hijos de Dios"  que no baraja palabras incomprensibles, ni alambicadas interpretaciones, y que ama lo simple, intuitivo y claro.

Ni Dios ha escrito nada, ni ha dictado nada. Lo que corre por nuestra Biblia es el "permanente intento de Dios por comunicarse" con un pueblo y raza concretos (nuestros ancestros), como lo intentó y seguirá intentando con otros pueblos y razas. O, visto a la inversa, "la búsqueda del Dios verdadero por parte del hombre" como dice Pablo: "Quería que lo buscasen a Él, a ver si al menos a tientas lo encontraban, por más que no está lejos de ninguno de nosotros, pues en Él vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17,27).

Afirmar que todo lo que dice la Biblia es divino, como las "órdenes de matar" por ejemplo, es una barbaridad, de las muchas que contiene el AT, escrito por y para un pueblo ignorante y bárbaro en un tiempo histórico concreto. Proclamar eso como "palabra de Dios" es además un escándalo: "Al que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valdría que le ataran una rueda de molino al cuello y lo tiraran al mar" (Mt 18,6).

La mitificación y sacralización de la Escritura no hace más que deteriorar su credibilidad. Para una civilización evolucionada y racional, como la nuestra, las exageraciones irracionales no hacen más que desprestigiar aquello que se pretende ensalzar. Incluso tienen un nombre muy descriptivo: "fanatismo". Y todos sabemos que se trata de un ciego apasionamiento por creencias irracionales que corrompen al ser humano.

El intento de Dios por darse a conocer ha sido permanente y lo seguirá siendo, tanto en nuestra religión como en otras. Pero solo podremos descifrar sus mensajes a medida que simplifiquemos, maduremos y profundicemos nuestra forma de escuchar. La sencilla y abierta observación de la Naturaleza es ya una forma privilegiada de escuchar a Dios. La sincera inmersión en el fondo del propio corazón es otra forma de percibir a ese Dios que todo lo habita.

Los escritos -históricos o no- de los que llamamos "escritores sagrados" es el componente básico de la Escritura, a la que podemos llamar "palabra inspirada" o escrita en fidelidad a las inspiraciones profundas de determinados personajes. Ya veremos que estos personajes también están interna y externamente condicionados por lo que sus palabras no son "absolutas". Solo existe un Absoluto, Dios mismo, al que solo podemos vislumbrar y nunca abarcar. Por ello el llamar "palabra de Dios" a una condicionada e imperfecta fabricación humana raya la blasfemia.

Sin embargo, sometidos al rígido y secular autoritarismo clerical ("conciencia socializada") se nos olvida que "hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (He 5,29). Y que la auténtica voz de Dios nace en la "conciencia profunda", bien enraizada en el Espíritu, sin despreciar la iluminación exterior. No avanza el que se cuelga de las farolas, sino el que camina firme y decididamente dando sus propios pasos.

Esa exageración de que hablo, causada por un exceso de celo, nos llevó a la "interpretación literal" y con ella al ridículo, como ha quedado demostrado con el paso de los años [1]. Una interpretación material y acrítica es la cuna del integrismo [2] y del fundamentalismo [3], que son una negación del don de la racionalidad y de la asistencia permanente del Espíritu, realidades imprescindibles para un cristiano [4].

Oficialmente existe un rechazo total de la lectura fundamentalista [5]. Pero, en la práctica, nos arrojan en sus brazos al ordenarnos repetir "palabra de Dios", después de cada lectura litúrgica, aunque ésta sea marginal o bochornosa para un cristiano.

¿Cómo se puede pretender encerrar a Dios en la materialidad de unas letras, de unas historias y de unos tiempos? La "palabra de Dios" sólo puede ser percibida en el hondón del corazón humano, donde está previamente inscrita. El testimonio de los buscadores y testigos del pasado puede iluminar y movilizar nuestra propia búsqueda, prepararnos para oír su susurro (1Re 19,12).

Pero ese testimonio sólo es el medio que sintoniza y acerca la palabra que Dios pronuncia a cada persona, la llamada amorosa de la Madre, esculpida en nuestro ser y tal vez sumergida u olvidada. Dios es espíritu.

Las palabras sólo se convierten en Palabra cuando cada uno las ha identificado en lo profundo de su corazón  ¿Se nos olvidó que a Dios sólo podemos acercarnos en espíritu y verdad? (Jn. 4,23). No es el espejo el objeto de nuestra búsqueda y adoración sino la Luz que refleja.

Tenemos  exageradas prevenciones contra el subjetivismo. Es la tentación de una madre con hijos que proteger: "los alimentos en papilla para que no se cuele ninguna espina, los peligros bien exagerados para que se fijen en la memoria, las puertas y ventanas bien cerradas para que no entren las alimañas".

Las consecuencias son nefastas. Sus hijos no aprenderán a seleccionar y masticar los alimentos, les paralizarán los miedos infantiles y caerán en un raquitismo severo por falta de sol y aire. De hecho, una mayoría somos católicos raquíticos, menores de edad, niños asustados. El dolor que me causa esta situación me empuja a escribir, aún desde las brumas de mi ignorancia, cuantas lucecitas atisbo.

Hay muchos teólogos y escriturarios actuales que se esfuerzan por abrirnos ventanas. Pero el aire no llega a todo el Pueblo. A algunos nos han ayudado a fiarnos de las intuiciones profundas, del gusto por la verdad, de la determinación de progresar, de la búsqueda ardiente de la Palabra. Nos han recordado que "el aire perfumea", que "mil gracias derramando / pasó por estos sotos con presura / y yéndolos mirando / con sola su figura / vestidos los dejó de fermosura" [6].

Nos han empujado a vencer el miedo a profetizar una religión humanizadora, positiva, luminosa y alegre, que nos ayude a volver al Padre-Madre con humildad e ilusionada certeza.

Una larga etapa rígida y tenebrista nos hizo olvidar aquellas palabras, pronunciadas paradójicamente en la despedida, justo antes de la Pasión: "Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté dentro de vosotros y vuestra alegría sea completa" (Jn 15,11). O aquellas otras del primer epílogo de Juan: "Éstos (los milagros) han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre" (Jn 20,31).

Pero volvamos a la Palabra. Me parece muy importante caer en la cuenta de que la Palabra (la voz amorosa de Dios) discurre entre la Escritura, la riega como un río de agua sanadora, fecunda, orientadora, que recorre una concreta historia humana (para nosotros la de los judíos y primeros cristianos), durante un concreto tiempo [7].

No podemos confundir el río con sus orillas agrestes, ni con sus monstruos, ni con la vegetación invasora. Hay que distinguir claramente entre el río y la historia que riega. En muchas ocasiones esa historia está habitada por hombres perversos, rudos, ignorantes, que tan pronto reniegan de Dios como le creen inspirador de sus propios crímenes.

Algunos pasajes son pura bazofia y su lectura no es recomendable. ¿Hay alguna aberración humana que no esté recogida en la Escritura? Esa es la razón por la que la Biblia fue un libro prohibido o no divulgado durante muchos siglos. Conviene decirlo, porque parece que ahora todo está bendecido por el hecho de estar en el Libro. Se equivocan quienes así piensan y más todavía quienes intentan imponerlo.

Tampoco podemos pensar que la mano que escribe es sabia, incontaminada, guiada al dictado. Todo lo contrario. Está limitada por su personalidad, por su ambiente humano y material, por su nivel cultural, etc.

Es decir, la Escritura no sólo está contaminada por la precariedad o bajura de la historia humana que describe, sino también por los subjetivismos y condicionamientos de quien la escribe. Esto ocurre de forma relevante en el AT porque el primitivismo era mayor y menor la evolución humana.

Pero también puede afirmarse del NT. En Pablo, por ejemplo, es evidente su complejidad literaria y la influencia de su formación judía ultra ortodoxa. Es más, esto ocurre y ocurrirá siempre, porque los humanos somos espejos pequeños y ahumados incapaces de proyectar la luz plena de la voz de Dios. Sólo podemos sembrar algunos de sus destellos para iluminar nuestra humana oscuridad. "Nada son ni el que planta ni el que riega, sino Dios que hace crecer" (1Cor 3,7).

¿Qué hacer entonces? ¿Se nos ha roto la Escritura? ¿Renunciamos a ella? Conozco algunos que han caído en esa tentación.

¡Pues no! Solamente se ha abierto nuestro apetito por buscar, encontrar y digerir la voz de la Madre.

Cuando un río discurre por un lecho fangoso y se enturbia, cuando serpentea entre vegetación salvaje y se hace inaccesible, cuando se esconde para aparecer después, cuando se precipita por barrancos imposibles… ¿Hemos de renunciar a su agua?

¡Decididamente no! Solamente es mayor el reto por alcanzarla. Nos va en ello la vida: "Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante" (Jn 10,10).

Intentaré humildemente en el próximo artículo dar algunas pistas para conseguir el agua del río y, si fuera preciso, filtrarla


II. Pistas

Nos hemos quedado en una Escritura contaminada -por ser humana- y con una serie de dificultades para beber del "río" de la Palabra que la riega. Te había prometido continuar con algunas pistas para alcanzar el agua limpia. Veamos:


1. La Presencia: Es la que hace sagrada la historia de este Pueblo. Es como el sol que ilumina, calienta y fecunda una tierra oscura y primitiva. La historia es terrena, a veces perversa, incluido el NT. La voz que la intenta regenerar es divina.

A esa Presencia la he llamado "río" porque baña la historia de nuestra Familia desde el principio. Una Presencia que va ganando caudal hasta hacerse palpable, visible y audible. Entonces la Palabra misma nos llama cara a cara, nos interpela desde nuestra propia naturaleza.

Quienes nos dejan testimonio escrito adolecen también de defectos pero su Nuevo Testamento es más comprensible, limpio y fiable que el anterior. No podemos olvidar que el transcurso del tiempo perfecciona a los humanos y a la humanidad. Por eso "el Verbo se hizo carne" en el momento histórico en que podíamos entender mínimamente su mensaje. De no ser por esa natural progresividad humana el Padre hubiera enviado al Hijo mucho antes.

Esa Presencia no ha acompañado sólo a nuestro Pueblo. Creo firmemente que ha acompañado, de una u otra forma, a todos los pueblos [8], que ha extendido su manto protector sobre todos los rincones de la tierra. La diferencia quizás esté en la fidelidad mayor o menor de cada pueblo a su llamada.

Los cristianos nos sentimos "privilegiados", agradecidos, reconocidos a la Mano que nos creó y nunca nos abandonó. Pero no por eso somos mayores, ni mejores. Lo que no resta nada a mi fe, ni a la fidelidad a mis raíces, ni al gozo de pertenecer al Pueblo de la Encarnación. En mi ignorancia sólo sé que he sido elegido "desde siempre y para siempre" a la Vida y que me han dejado escrito el Camino para no perderme en la oscuridad terrena. Me supera y estremece este regalo. Ardo en deseos de compartir mi alegría. Pero no caeré en la tentación de despreciar a otros desde mi credo y mi doctrina.

Pues bien, para encontrar el "río" enhebrado en la Escritura, te será de gran provecho haber encontrado dentro de ti esa Presencia. Me atreveré a decir más: De poco te servirá la Escritura si no te lleva a descubrir esa Presencia en tu historia, dentro y fuera de ti mismo. Estoy convencido de que mi historia, como la tuya, es tan sagrada como la de Jacob, David o Pedro. Esa Presencia la hace hoy, como ayer, "historia sagrada": "Mirad que yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin del mundo" (Mt 28,20).

El filósofo judío Franz Rosenzweig lo expresó magistralmente: "La Biblia y el corazón dicen lo mismo. Por eso (y sólo por eso) la Biblia es revelación". Jesús de Nazaret nos lo había enseñado ya: "El reino de Dios está dentro de vosotros" (Lc 17,21).


2. La coherencia: Nos han creado coherentes, a su imagen (Gn 1,26). Es precisamente la coherencia de Dios la que explica las permisiones al desvarío humano, su respeto al don de la libertad. Por esa coherencia "la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,14) para mostrarnos el camino de vuelta al Padre, en vez de suprimir de un plumazo nuestra malversada libertad.

La coherencia es, por tanto, una herramienta imprescindible para filtrar las narraciones bíblicas y extraer el agua limpia. Es imposible que Dios pueda contradecirse. No puede afirmar algo en un párrafo para negarlo en otro. No puede dibujarnos un rostro de Dios aquí para disfrazarlo allí. Pero las incoherencias están (en el AT sobre todo), luego no son Palabra o hay que buscarles sentido distinto al literal.

Por eso muchos clamamos que se deje el AT en su sitio y no se abuse de confusas o incoherentes lecturas en nuestras celebraciones. Estamos a años luz de aquellas percepciones gracias a la Buena Noticia. Es cierto que hay textos bellísimos en los que el "río" todo lo empapa. Debemos aprovecharlos. Pero no podemos abusar del AT como si no hubiera sido superado por la Palabra encarnada. "El vino nuevo se echa en odres nuevos" (Mt 9,17). "Aquel mismo velo sigue ahí cuando leen el AT y no se les descubre que con el Mesías caduca" (2Cor 3,14).

Por tanto, coherencia en la búsqueda del sentido y en la selección de textos. Si un texto hiere tu coherencia cristiana o tu intuición interior, deséchalo de momento. No pasa nada, la Escritura es muy amplia. Busca lo que te alimente hoy.


3. La sed: Es la brújula de nuestras búsquedas: "Quien tenga sed, que se acerque a mí; quien crea en mí, que beba. Como dice la Jesús realizó en presencia de sus discípulos otras muchas señales que no están en este libro. Hemos escrito éstas para que creáis…Escritura: " (Jn 7,38). Hay tanta sed de Dios en el hombre que su Presencia es detectada tanto por nuestra siempre "incompleta saciedad", como por el "aumento de la sed" a medida que nos acercamos.

Fuente en la antigua Cartuja de Scala Dei 
(Foto: Oliver-Bonjoch)
Ese instinto interior nos hará distinguir el agua del verdín flotante: "Destile como rocío mi palabra; como llovizna sobre la hierba, como orvallo sobre el césped" (Dt 32,2). Nos agudizará el ingenio para apretar el barro y extraer sus gotas. Nos impulsará a cavar para besar la corriente subterránea. Incluso nos dará coraje para golpear la roca y arrebatarle su corazón de agua. Esa sed aguda es prueba inequívoca de la existencia del Agua: "Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche" [9].

La sed reconoce instintivamente el agua, te guía mientras exploras la Escritura. Podrás distinguir la pecina o los sapos con toda naturalidad, sin ningún escándalo, sin ninguna duda. Ya no preguntarás por qué hiere tu sentido cristiano esa concreta lectura. Sabrás filtrar, sabrás reconocer.

No puedo resistirme a citar la sed de otro buscador: "¡Oh cristalina fuente / si en esos tus semblantes plateados / formases de repente / los ojos deseados / que tengo en mis entrañas dibujados!" [10]. Sólo el agua cristalina contiene los "ojos deseados". O si prefieres un ejemplo bíblico: "¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?" (Lc 24,32). El ardor nos revela la cercanía del Fuego, como la sed nos empuja al Agua.


4. La promesa: ¿Quién podrá guiarnos en el descubrimiento del "río" de la Palabra mejor que la Palabra misma? "" (Jn 20,30). ¿Quién nos explicará la Escritura mejor que el Caminante de Emaús?

Él nos lo dejó muy claro en su testamento: "Os he dicho estas cosas estando con vosotros; pero el defensor, el Espíritu Santo, el que el Padre enviará en mi nombre, Él os lo enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho" (Jn 14,25). Y se va a la muerte diciendo: "Padre justo… Yo te he revelado a ellos y seguiré revelándote, para que el amor que tú me has tenido esté con ellos y también yo esté con ellos" (Jn 17,26).

Por eso no hay que tener miedo de dejarse guiar por la intuición profunda, esa luz interior en la que se manifiesta el Espíritu. No temamos usar el alambique interior para separar el agua de sus circunstancias, peripecias y contaminaciones.

Utiliza tu sentido común, tu coherencia y tu intuición. No dudes que en la honradez de tu fondo, en tu búsqueda sincera, en tu desasimiento, en tu abandono a la verdad, está el Paráclito prometido: "El abogado que os enviará el Padre cuando aleguéis mi nombre, el Espíritu Santo, ése os lo enseñará todo y os irá recordando todo lo que yo os he dicho" (Jn 14,26).


5. Los síntomas: Hay síntomas internos, sensaciones profundas, que te confirman si has descubierto el "agua del río" dentro de la Escritura:

- Gozo profundo (Mt 11,25).

- Paz interior, no exenta, a veces, de tensión o conflicto exterior (Lc 2,34).

- Coherencia con lo que mana en tu profundidad desapropiada, el Espíritu nunca se contradice (Lc 8,16).

- Realismo y fuerza. El realismo o posibilidad real de llevarlo a tu vida. Y la fuerza para afrontar los cambios.

Son los mismos síntomas que te deja el descubrimiento de la "auténtica voluntad de Dios" (no la imaginada, condicionada, ideologizada, dolorista o impuesta). Si esos síntomas te acompañan, con toda probabilidad el Espíritu está contigo.

No olvides que Él asiste a nuestro Pueblo en su peregrinar, pero también te asiste y te acompaña individualmente. ¡Él es tu heredad y tu copa! ¡Fíate!


III. Escollos a evitar

Resumiré algunos peligros a evitar en nuestra búsqueda y encuentro con ese "río" de agua viva que discurre por la Escritura.


1. La interpretación caprichosa o interesada: Un amigo me decía que en la Biblia podían encontrarse citas para sustentar una afirmación y la contraria, una ideología y su opuesta. Esa aseveración -muy extendida por cierto- es un sofisma [11] o, como mínimo, una apariencia. La Palabra auténtica no se puede contradecir a sí misma.

Es imprescindible ser honesto y objetivo, no "arrimar el ascua a mi sardina", no manipular. Para que una veleta cumpla su misión tiene que estar suelta, dispuesta a girar. Si la tocamos, su finalidad se quiebra. Curiosamente a la interpretación condicionada y caprichosa se le ha llamado "interpretación libre" y se utiliza para defender doctrinas preconcebidas.

Para encontrar la Palabra hay que ir suelto, desasido de todo prejuicio, principio cerebral, ideología o interés personal. En el "río" hay que sumergirse desnudo. Sólo en la desnudez y profundidad del ser se encuentra el Espíritu.

Ayuda bastante conocer el entorno humano y material de los escribientes (lo que se ha llamado interpretación histórico-crítica) pero no es suficiente. Las erudiciones pueden ayudar o pueden ser ruido cerebral. La Presencia de que hablo se percibe como "un ligero susurro de aire" (1Re 19,12) que abraza suavemente nuestra veleta y, a veces, se hace esperar como en el caso de Elías.

A esa interpretación profunda, dócil, susurrante, que supera la racionalidad de la "interpretación histórico-crítica", podríamos llamarla "interpretación mística".

Se manifiesta como una luz inesperada, un descubrimiento, una aplicación práctica nueva, el despertar de una nueva aspiración personal o su toma de relieve, una interpelación personalizada, una conexión nueva con otros textos, etc. Y, desde luego, es impredecible. No es la consecuencia del estudio sino de la apertura sincera a ese Dios que buscamos apasionadamente a través de su Palabra.

La razón -en contra de lo que piensan algunos- no es el último recurso. Existe en el ser humano una "capacidad intuitiva" de conocer que supera la razón. Esa capacidad, aplicada a la interpretación de la Escritura, la llamaríamos "interpretación mística".

Es individual y personalizada pero no debe confundirse con la "interpretación libre" que aquí he mencionado y que, intencionadamente, he denominado "caprichosa o interesada".

La "interpretación mística" es un tesoro, un don, un regalo, para el buscador sincero.


2. La sacralización: Para destacar la importancia de la Escritura la hemos sacralizado y petrificado.  Se exagera para captar nuestra atención sobre la importancia de la Escritura.

Esa exageración tiene un alto coste. Al hacernos adultos y comprobar que no eran ciertos aquellos dramatismos los despreciamos. O, por el contrario, permanecemos petrificados por el "infantilismo" y no nos atrevemos a pensar por nuestra cuenta.

Catedral de St Andrews (Escocia)
Al llamar "palabra de Dios" a todo, el subconsciente nos empuja a la interpretación literal.

Esa "pedagogía de la exageración" (toda exageración es grotesca e irracional) es causante, antes o después, del alejamiento de unos, la indiferencia de otros o la desorientación de muchos.

Por otro lado, sacralizar es tanto como "congelar" y "poner a distancia". Nadie puede beber de un río congelado. Las cosas sagradas son "intocables", "inalcanzables", "ocultas". Por eso el comentario a la Escritura (homilía) sólo se permite a los sacerdotes. Sólo ellos están "en el secreto". Sólo la interpretación oficial y rutinaria es lícita.

Sin embargo, para captar el "río" de la Palabra, hay que zambullirse en el agua, beberla, paladearla, dejarse impregnar. La Escritura hay que manosearla, voltearla, amasarla, masticarla, con toda confianza, porque ha sido escrita para nosotros. Si la momificamos, la estamos declarando muerta y no podrá transmitirnos la vida que contiene.

Una vez más el celo por tenerlo todo atado y bien atado impone rigidez. No nos hemos percatado de que la rigidez es síntoma de muerte (rigor mortis). Los católicos deberíamos ser cultivadores de vida, nunca embalsamadores. San Pablo nos da pistas: "Nuestra capacidad nos viene de Dios, que nos ha capacitado para ser servidores de una alianza nueva: no basada en pura letra, porque la pura letra mata y, en cambio, el Espíritu da vida" (2Cor 3,4).

Una última constatación: La "sacralización" es la raíz del fanatismo,


3. La revelación cerrada: No tengo inconveniente en alinearme con la doctrina oficial y afirmar que la revelación quedó completada con la venida de Cristo, la Palabra misma.

Pero, a renglón seguido, debo confesar que la revelación sigue y seguirá mientras el hombre habite la tierra. Dígase, si se quiere, que todo está potencialmente en el Libro. Pero no se abuse del concepto de "revelación terminada y única".

Puede que la revelación esté completa,  Pero es evidente que no lo está mirada desde nuestra apertura y capacidad de comprensión e integración.

La historia del hombre es evolutiva, como lo es la historia personal. Por tanto la revelación es progresiva al ritmo que la especie o el individuo crece y se perfecciona. Lo dice claramente el Evangelio que ya cité anteriormente: "Él os lo enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho" (Jn 14,26). "Yo te he revelado a ellos y seguiré revelándote…" (Jn 17,26).

Por tanto es de sabios y santos estar atentos a las cosas, personas, acontecimientos, que nos ayudan a descubrir el verdadero rostro de Dios y el camino del encuentro, fin último de la Escritura. Todo eso es "revelación" para nosotros.

Hay que cultivar sin miedo la relación con lo que nos hace vibrar en profundidad, lo que nos transmite vida, luz, fuerza. Puede ser la naturaleza, libros, música, personas… A esas relaciones vivificantes, que paradójicamente pueden no estar vivas, hay que darles prioridad porque son verdadera "revelación" para nosotros, son el pan del crecimiento.

Ahí entran también los santos de nuestra devoción, que no son mediadores ante Dios, ni conseguidores, ni pedigüeños, sino contagiadores de vida y movilizadores de nuestras pasividades e indiferencias.

Lo mismo habría que decir de la revelación personal: A través de esas aspiraciones profundas, esas intuiciones, que se   me imponen desde dentro nos está llegando la Palabra, no quiso quedarse confinada en el Libro. Él nos sale al encuentro en cada esquina: "Estoy a la puerta y llamo..." (Ap 3,20).

Digo esto porque, a veces, agarrados a una estupenda Biblia, un Leccionario o un Breviario, caminamos "ciegos y sordos" relegando lo que palpita en nuestro interior o la vida que otros nos contagian. Damos la espalda a verdaderos "enviados" porque no vemos sus alas.

Olvidamos que Él nos sigue hablando "en múltiples ocasiones y de muchas maneras" (Heb 1,1). Que su Presencia sigue aquí, dentro y fuera de nosotros.

Hay que evitar la tentación de enfrascarse en descifrar mensajes milenarios sin prestar atención a los mensajes del Acompañante que, hoy, camina a nuestro lado.

Son garantía de la "revelación viva y actual" aquellas palabras del testamento de Cristo: "Muchas cosas tengo que deciros todavía, pero ahora no estáis capacitados para entenderlas. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará a la verdad completa. Pues no os hablará por su cuenta, sino que os dirá lo que ha oído y os anunciará las cosas venideras" (Jn 16,12).

Citaré, para terminar, otros dos escollos que no es momento de desarrollar. Uno es la enseñanza incongruente y teórica de la Religión en nuestros Colegios, necesitada de mayor coherencia con la praxis pedagógica ("hacer es la mejor forma de decir") y una urgente adaptación a nuestro tiempo.

Quien lo dude que coja un libro de Religión y lea -por ejemplo- la historia de Abrahán, personaje clave en la Escritura. Pregúntese después qué mensaje prenderá en nuestros hijos: El de la fidelidad total o el del "dios" que induce al parricidio. ¿Nos extrañará que, más tarde, rechacen inconscientemente a ese "dios falso"?

El otro escollo grave es la incongruente y desactualizada selección de lecturas para las celebraciones litúrgicas. Es imprescindible que nos den a los fieles alimento asimilable en cada Eucaristía o Sacramento, sin pretender hacer un recorrido  por la historia bíblica.


IV. La controversia

Al llegar a esta parte de mi reflexión ya conozco algunas objeciones de mis lectores o escuchadores. Los más ortodoxos descalifican mi tesis inicial: No "toda" la Escritura es "palabra de Dios".

Me insultan sin contemplaciones y me abruman con una serie de citas oficiales que sostienen lo contrario.

De eso me quejo precisamente: ¡Que todavía HOY se mantengan textos que, con criterio integrista y sacralizador, afirmen tesis superadas y no cristianas! Eso desorienta y hace daño a muchos que buscan sinceramente la doctrina del Señor.

Lo sé por experiencia propia y ajena. Me duele amargamente que se confunda al Pueblo de Dios, es decir, a la Iglesia. Ese dolor motivó el comienzo de este largo artículo. Se trata de un dolor compartido por muchísimos católicos que no se explican tanta incoherencia e inmovilismo. Volveré a gritarlo: ¡Deben revisarse y cambiarse en los "textos oficiales" (liturgia y catecismo, por ejemplo) expresiones e interpretaciones obsoletas y superadas!

Plantearé solo un puñado de preguntas para que cualquier humano racional -creyente o no- saque sus propias conclusiones:

- ¿Vendrá de la Palabra la inspiración de cometer un parricidio "fiel" para honrar a la divinidad?

- ¿Serán las matanzas, las venganzas, los celos, los adulterios, los robos, la explotación de los débiles, etc. -descritos profusamente en la Biblia- "dictados" por la Palabra?

- ¿No será, más bien, que gentes primitivas engendraron una "religión primitiva y bárbara" que justificó sus crímenes colgándoselos a la voluntad de Dios?

- ¿No será, más bien, que la Palabra fue el freno a tanto dislate y el impulso humanizador de gentes mayoritariamente deshumanizadas?

- ¿Aún en el NT no fue una "religión bárbara" aliada con un "poder bárbaro" la que quiso aplastar la Palabra?

Iré aún más lejos:

- ¿En nuestra propia historia cristiana no hemos participado también de la "religión bárbara" -de la que venimos- "justificando" el martirio de la Palabra con una supuesta voluntad de Dios, "necesitado" de resarcir su honra para perdonarnos?

- ¿No fue una "religión bárbara" la que encendió guerras santas, hogueras purificadoras, conspiraciones bastardas, etc. y acaparó todos los poderes humanos y divinos en una tiara santa?

Me atrevo a decir que hoy estamos, en gran medida, entre una "religión bárbara" y una "religión infantil". No hay más que observar, por ejemplo, "los signos" rancios y elitistas con que los líderes religiosos se presentan ante el santo Pueblo de Dios, especialmente entre los cristianos del este. ¡Qué bochorno para nosotros ver ese espectáculo difundido en los modernos medios! Uno piensa ingenuamente que el "poder y la gloria" sólo le pertenecen a Dios… Y no a los "servidores" de sus siervos.

Menos mal que, tanto ayer como hoy, queda "un resto" numeroso que, superando formalismos y exageraciones, busca sinceramente la Palabra, la enarbola y la difunde en un mundo medio bárbaro, a pesar de sus conquistas intelectuales.

Ese "resto" cree en una religión humanizadora, liberadora y adulta, que fluye en el hondón de los humanos, los ilumina, los levanta y los proyecta al horizonte de una "tierra nueva". ¿Qué querrá decir "y la Palabra se hizo carne" o "el reino está dentro de vosotros"?

Una vez más proclamaré que hay que ser valientes, caminar y avanzar, "cantar un cántico nuevo" (Ap 14,3). No es anclándose al pasado como se puede progresar. No es cultivando una "religión infantil" de miedos, ritos y normas externas, coacciones a la libertad y conductismo social, como se llega a la madurez y plenitud humanas.

La auténtica religión nos lleva a ser autónomos y libres, es decir, adultos. Para hincar la rodilla, rotunda y sinceramente, ante el Dios Amor revelado, hay que descubrirlo "en espíritu y verdad" en lo íntimo de nuestra personal humanidad. ¿No es eso lo que nos demuestra "la encarnación", la Palabra "hecha carne"?

Las exageraciones y los angelismos son lo que muchos rechazan de la religión. La ven como algo irracional, artificial, innecesario, pasado de rosca. ¿No deberíamos demostrar que la religión cristiana es un camino de humanización, de continuo progreso, de maduración y de plenitud?

También hay quienes censuran la lectura subjetiva. Sé bien que todas las exageraciones son desequilibrios a evitar.. Pero el rechazo total al subjetivismo es otra exageración.

¿Cómo se puede leer con impermeable, es decir, sin implicar al sujeto, dejando "fuera" toda luz e interpretación personal? ¿Cómo se puede conducir desde el asiento del copiloto? En la misma Escritura se lee: "Cógelo y cómetelo" (Ap 10,9). ¿Cómo se puede comer un manjar sin masticarlo personalmente?

Por un lado nos aconsejan la lectura de la Biblia. Por otro nos dan el alto, no vayamos a caer en el subjetivismo. ¿Si el mensaje es divino, cómo es que cabe en los "paquetes prefabricados" de los ilustres? San Agustín nos explicaría rápidamente que es imposible embalsar toda el agua del mar en un hoyo de la playa.

Para encontrarse con la Palabra no es necesario saber qué es la hermenéutica, la exégesis, ni la interpretación sincrónica o diacrónica. A la mayoría nos basta con tener "sed" y "sencillez".

Quienes exageran los temores demuestran que no creen ni en el Espíritu, ni en la Escritura: "Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los sencillos" (Mt 11,25).  "Así será mi Palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo" (Is 55,11).

También se rechaza la lectura sectorial, es decir, la selección de textos. Todo es santo y recomendable en la Biblia. ¡Otro disparatón! ¿Ignoran éstos que los niños toman leche, los ancianos pescado blanco y los jóvenes filetes de buey?

Eso de "café para todos" es propio de las dictaduras y, si se trata del espíritu, doble pecado. Creo que no merece la pena comentar nada más. Lo importante es encontrarse con el rostro de Dios, no importa si lo viste reflejado en la fuente, en un río o en un charco. Allí donde lo encuentres contémplalo y déjate fascinar.

Los que con tanto ardor defienden que los textos bíblicos son íntegramente obra divina deberían recordar la "ley del péndulo", contaminación sociológica de la que nuestros prelados no han escapado. Durante muchísimo tiempo la Biblia estuvo prohibida o desaconsejada o inaccesible por falta de traducción. Incluso hubo condenados por recomendar su lectura. Solamente empieza a cambiar esta situación en el año 1943 con la encíclica Divino Afflante Spíritu de Pio XII y, de forma más rotunda, en 1960 con la constitución Dei Verbum del Vaticano II. Total hace cuatro días...

Ni es tan desaconsejable la Biblia como anteayer parecía, ni tan sagrada como ahora se pontifica. Es una mezcla propia de toda obra humana. Lo verdaderamente importante es encontrar, en ese paisaje de contrastes humanos, la Presencia que en ella se vislumbra acompañando a la humanidad.

No pretendo que cambien mis hermanos ultra ortodoxos. Tal vez su misión sea librarnos de los peligros de la velocidad. Pero, por favor, no impidan otras misiones, ni apedreen a otros misioneros.

¿Qué hubiera sido de nosotros si nuestro Maestro se hubiera alineado con la ortodoxia judía? ¡Ahora seríamos todos fariseos! De hecho, fue y es la permanente tentación de algunos: No romper el cordón umbilical del judaísmo.

Todo progreso requiere dar pasos. No anatematicemos a los que caminan delante en nuestra gran caravana eclesial.

¡Benditos los que abren caminos, ensanchan horizontes, siembran luces y despejan miedos! De ellos depende que caminemos ágiles hacia la plenitud o que sigamos perdidos en el desierto de un interminable éxodo.

Por cierto, que nadie piense que aquellos cuarenta años de los judíos fueron castigo de Dios, como se lee en los textos bíblicos. Más bien fue el resultado de su propia necedad y desorientación.

¡Ojalá no nos pase a nosotros lo mismo!


V. Otras imágenes

Lo sagrado no son los textos e historias de la Biblia. El único sagrado es Dios, que se hace Palabra y zigzaguea por la vida de sus hijos llamándoles, "con gemidos inenarrables" (Rom 8,26), hacia una humanización plena. Sólo posible cuando se dejan "habitar" realmente por su Hacedor.

Música no son las notas que se columpian en un pentagrama, sino la emoción, la energía y el amor que suscita la interpretación de una melodía.

Una bombilla no es la luz, sino el instrumento que hace posible el encuentro de dos polos que se incendian al abrazarse.

Nadie que analice, estudie y describa el vino será capaz de emborracharse. Tampoco los que lo envasan en artísticas botellas o lo exponen en preciosas vitrinas. Sólo "conocerán" la fuerza del vino quienes lo paladeen y lo beban, quienes lo hagan sangre de su sangre.

Lo mismo ocurre con la Palabra. Su fuerza no está en los textos, ni en su veneración, ni siquiera en su lectura. El poder de la Palabra está en el encuentro de la creatura con la llamada del Creador, ésa que riega permanentemente toda historia personal y grupal como un gran río. Esa Palabra sigue insistiendo -hoy como ayer- que sólo el amor nos conducirá al Amor. No se equivocaba el teólogo que afirmó: "El cristianismo del futuro será místico o no será".

Escogí la metáfora del río porque evoca frescor, alimento, limpieza, fertilidad, permanencia y misterio. Un gran río es casi eterno. Se sabe dónde nace pero no de qué profundidad emerge.

Estas otras imágenes nos ayudarán también a comprender lo que es la Palabra -contenido- respecto a la Biblia -continente-. Caer en la tentación de confundir un perfume con el vidrio que lo contiene es una inmensa necedad.

Quisiera detenerme un poquito más en otra imagen sumamente ilustrativa. Digamos que la Escritura es un enorme cuadro con innumerables escenas, con muchos colores y mezclas, con gran profusión de luces y sombras. En ese gran cuadro concurren un marco, un soporte, distintas formas y colores, barnices, etc. Todo ello forma la parte material del cuadro.

Pero eso no es lo importante. Lo realmente importante es el "mensaje", el componente espiritual. Un cuadro o comunica algo o es un mamotreto inútil, aunque su valor material sea muy elevado por la contaminación mercantilista de este mundo. Es esencial distinguir entre "cuadro" y "mensaje".

Los eruditos han dedicado mucho tiempo a examinar el cuadro y las palabras que lo componen. Desarrollaron una interpretación literal y rígida, que condujo a graves despropósitos y condenas. Se ha avanzado mucho hacia otras interpretaciones que ya no consideran sólo las palabras, sino las épocas, el ambiente, el origen, los autores, etc.
Me gustaría pensar que actualmente, en ese cuadro bíblico, se trascienden las perspectivas, las luces y sombras, los colores, las líneas, el soporte y el marco, para abrazarse, por fin, al "mensaje".

Uno se pregunta si tanto experto, tanto trabajo intelectual humano, tanto rizar el rizo, es algo más que aislar los colores, sacar serrín del marco o hilos del lienzo. A mí me bastaría con una traducción fidedigna, es decir, con una trasmisión fiel del original.

Si además los estudiosos me comparten "el mensaje" que ellos perciben, miel sobre hojuelas. Me prepararán para abrirme a mi mensaje personalizado. Un mensaje auténticamente divino ha de ser personalizado, revelado por el Dios personal que acompaña siempre a cada uno de sus hijos "en espíritu y verdad".

Es muy bueno dejarse visitar por la Palabra en comunidad. Eso la da volumen, crea lazos de unidad y multiplica la energía (motivación para actuar en consecuencia). Es como dejarse invadir por un misterioso eco. Ayuda incluso a descubrir el mensaje cuando cada uno lo comparte, como en la "lectio divina".

Pero, a la postre, la Palabra es mensaje que ha de germinar en la tierra de cada individuo. Nos han creado individuales y libres, por eso nuestro crecimiento consiste en avanzar hacia la autonomía y libertad auténticas.

Por eso el mensaje de la Palabra ha de ser asimilado por el individuo para que pueda fructificar y no quedarse en meras proclamas piadosas. Esto no se opone en absoluto a considerar decisivo, para el desarrollo personal, el ambiente humano, el grupo o grupos en que he vivido y vivo.

Lo que ya no entiendo es que desconfíen de la acción del Espíritu que asiste a todos y cada uno de los fieles en la medida que se abren y se vacían de ataduras. Se sigue induciendo más a la erudición que a la búsqueda, a la sencillez y a la limpieza de corazón.

Para empezar habría que enseñarnos a distinguir entre el cuadro y el mensaje. No puede uno impregnarse de la Palabra pegando la nariz al cuadro y repitiendo "palabra de Dios, palabra de Dios"…

Ni colgando el cuadro en lo más alto, incensándolo y repitiendo: ¡Es sagrado, es sagrado!... Corremos el riesgo de reunirnos para ver o tocar el cuadro como un talismán -ya ocurre con las imágenes y reliquias- y olvidarnos de su mensaje.

Necesitamos maestros espirituales que, con sus palabras y su ejemplo, nos muestren el camino de la autonomía y la libertad, verdaderos hitos de la madurez humana.

Y en cuanto a la Escritura, que nos impulsen por un camino de búsqueda, apertura, escucha, desapropiación y disponibilidad ante el mensaje. Sin caer en la pueril tentación de doblar la rodilla ante el Libro. Eso sería una idolatría o una superstición estúpida, como lo es pararse a admirar el dedo de quien te muestra la luna.

Siempre he pensado que la voz del Espíritu es multicolor, personalizada e ilimitada. Ni siquiera los próceres pueden pretender abarcarla, comprimirla y prepararla para llevar. No es la Palabra lo que los letrados nos deben empaquetar. Más bien deben avivar la pasión por la búsqueda del mensaje para que cada cual haga la experiencia de encontrar la fuente y saciar su sed: "Que bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche" (Juan de la Cruz).

Pongo punto final a mis reflexiones sobre la Palabra. No cierres el altavoz, pero tampoco lo adores ni lo abraces. La Música que te embelesa viene del más allá. Si lo que oyes son ruidos o discordancias, no los confundas con la Música, son naturales interferencias humanas, defectos del medio transmisor.

Mantén encendido y limpio tu receptor personal, imprégnate de las melodías del más allá, déjate contagiar de vida.

La Palabra lo dejó dicho de forma simple y concreta: "El que tenga oídos para oír que oiga" (Mt 11,15 y muchos más).


Notas

[1] Véase, por ejemplo, el origen en la mujer del mal y del pecado (Gn 3,12) que tantos prejuicios históricos hacia la mujer ha protagonizado.
[2] Integrismo: Actitud de ciertos sectores religiosos, ideológicos, políticos, partidarios de la inalterabilidad de las doctrinas.
[3] Fundamentalismo: Aplicación rigurosa y estricta de las escrituras y las doctrinas tradicionales.
[4] Véase, por ejemplo, una alusión a la racionalidad: "Entonces les abrió la inteligencia para que entendieran las Escrituras" (Lc 24,45).
[5] Véase "La interpretación de la Biblia en la Iglesia" de la Comisión Bíblica Romana. Ed. PPC – 1994.
[6] San Juan de la Cruz: Cántico Espiritual, estrofa 5.
[7] Véase, como ratificación de que la Palabra trasciende la Escritura, el precioso texto: "Mis pensamientos no son vuestros pensamientos…" Is 55, 8-13.
[8] Véase, por ejemplo, la referencia a Efraín en Os 11,3 ó Lc 13,29.
[9] San Juan de la Cruz: Cantar del alma, estribillo.
[10] San Juan de la Cruz: Cántico Espiritual, estrofa 11.
[11] Sofisma = Razón o argumento aparente con que se quiere defender o persuadir lo que es falso.



Jairo del Agua
https://jairoagua.blogspot.com/


El autor

Jairo del Agua es escritor, católico, laico, padre de familia, orante por vocación y enamorado del Pueblo de Dios, es decir, de la Iglesia. Prematuramente retirado de sus funciones directivas en una empresa multinacional, se dedica ahora -casi exclusivamente- a lo que él llama su "misión virtual": la ayuda a otros a través de sus artículos y charlas, además del acompañamiento personal a quien se lo solicita.

Aspira a la "sabiduría de los sencillos", aunque cuenta con estudios de Filosofía, Derecho y Sicología, además de una sólida andadura espiritual. Sus pasiones son la búsqueda del verdadero rostro del Padre y el amor a su Pueblo. El resultado lo comparte sin ningún pudor y con total transparencia en sus artículos, que él llama "confesiones de un católico en proceso de conversión".

La formación que más le iluminó y transformó en su edad adulta -nos cuenta- fue la Sicopedagogía del Crecimiento, porque le ayudó a comprender, actualizar y "encarnar" su larga búsqueda espiritual. La Sicología -dice- es herramienta esencial para la arcilla humana y la oración profunda es el horno.

Le preguntamos por su motivación para abrir este Blog. La respuesta es inmediata y rotunda: "la misma por la que hablo y escribo: hacer el bien, ayudar al crecimiento humano y cristiano de los que buscan sinceramente".