Salvador Pániker (1927-2017)

Agustín Pániker

Dos días antes de su fallecimiento, llegaron a casa de Salvador Pániker los ejemplares de su obra casi póstuma: Adiós a casi todo. Y, así, pudo completar el círculo que lo mantuvo en pie el último año de su vida. En sus meses postrimeros no hizo otra cosa que leer, escribir y corregir. En repetidas ocasiones había dicho que su escritura era una forma de auto-terapia.

Ante todo, Pániker fue un hombre alérgico a la superficialidad, lo mediocre y lo banal. Léase su obra periodística y de ensayo, rememoren sus modales, las casas que hizo construir y habitó, escuchen su canon musical, sus ideas políticas y apolíticas. Sin duda, su inclinación por lo profundo, lo complejo o lo bello entronca con una personalidad hipersensible, una innata vocación filosófica y su consabida genealogía híbrida.

Su espontaneidad literaria y su filosofía de vida brotan de la sensación de maravilla (la thaumázein de los griegos) cuando nota que se ecualiza –ya de niño– con las suites de J.S. Bach o el Chopin que interpretaba su madre (por cierto que sus escritos sobre música constituyen algunos de los más exquisitos fragmentos literarios que nos ha regalado), al reflexionar sobre la paradoja del Ser o el no-Ser, o a propósito de su dios-cómplice (una disminución intimista del defenestrado Dios-Padre). Tiene asimismo que ver con la fascinación por aquellos ojos verdes (de quien sería su esposa, Nuria), la tierna complicidad con sus hijas y la recurrente preocupación por sus carencias de salud. La filosofía panikeriana de la complejidad, la hibridez, el pluralismo y la retroprogresión tiene que ver con todo eso. Y más.

La realidad es multidimensional, sostenía Pániker. Las cosas no pueden reducirse a causas últimas (religiosas, físicas, metafísicas, económicas, psicológicas…). De ahí su radical pluralismo. Un enfoque que reconfigura permanentemente su ángulo de visión de suerte que le permite canalizar su vena escéptica y a la vez mística; en otras palabras, plasmar su apabullante lucidez y sensatez intelectual. De donde su “agnosticismo místico”, como él gustaba designar; que trasluce al desertar –tras su crisis existencial de principios de los años sesenta–, de las iglesias establecidas y las ideologías en boga. Salvador lo contó en muchas ocasiones: “Mientras mis colegas descubrían la lucha de clases, yo descubría que era medio indio”.

A medida que transcurren los años, se aleja de formulaciones absolutas y de las grandes mayúsculas de las que aborrecía: Dios, el Estado, la Nación, el Logos, el Progreso, la Perfección, etcétera. Ya no hay grandes síntesis y narrativas. La auto-terapia literario-intelectual ha funcionado. Su estilo se torna más poético, gana en ironía y finura intelectual, perfecciona su prosa entrecortada y directa. Filosóficamente, combina pragmatismo y no-dualismo. Y derrocha sentido del humor. Por todo ello, la intelectualidad hispana siempre lo miró con cierta desconfianza.

Al fin y al cabo, la miopía imperante ha visto con incomprensión a aquellos que, como Salvador, hurgaron en la ciencia o en las tradiciones contemplativas de eso que llamamos “Oriente”. Para él, sin embargo, es precisamente en el abordaje advaita (no-dualista) donde se insinúa el origen; es decir, la forma de ver y estar en el mundo previas a la “fisura” (la ruptura con la no-dualidad originaria). De donde su interés por la antigua espiritualidad hindú y su cercanía al pensamiento pre-socrático. Como otros intelectuales de su generación, Pániker buscaba en el encuentro entre Oriente y Occidente una cierta reconciliación entre la corriente racional-científica de la Ilustración y la vena poético-espiritual del Romanticismo. Este diálogo alimenta su filosofía, en especial su innovador concepto de retroprogresión, con el que puede superar reduccionismos y binarismos y aunar ese “plus” de trascendencia.

Este mismo motor permeó su faceta empresarial, al crear Editorial Kairós en 1965, que marcaría una línea pionera en el mundo de habla hispana. O su acción y posicionamiento políticos. Salvador escribió mucho acerca de la cosa pública y el estamento político. Pero siempre renegó del rancio franquismo, de la militancia de izquierda y de -ismos más recientes.

A tientas, con las contradicciones inherentes a su pasmosa complejidad, condicionado por sus déficits neurovegetativos, su no disimulada vanidad, su innata sed de trascendencia, Salvador trató de llevar su filosofía al día a día. Improvisando. Con los años, el entrecejo fue relajándose, estuvo de vuelta de muchas convenciones, incluso cuando daba rienda suelta a su instinto seductor (otra manera de proseguir con su relato). Con todo, nunca abandonó uno de los compromisos sociales a los que se afanó de forma más concienzuda: la acción en favor de una muerte digna y la eutanasia.

Nuestra deuda intelectual con Pániker es inmensa. Por momentos, yo mismo no discierno si lo que pienso lo pienso yo o –espejeando a la mariposa del sueño del maestro Zhuang– es Salvador que lo piensa a través de mí.

Agustín Pániker junto a su padre Salvador.

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