Sobre el tema de la independencia

Javier Pons

Sobre el nacionalismo, algo previo a modo de introducción

A veces pienso que, sobre el tema del nacionalismo, además de las mil razones históricas, psicológicas, políticas, jurídicas, económicas, antropológicas y demás, que las hay a mares, y los continuados errores que llevan cometiendo desde hace años los diversos políticos implicados, la dificultad fundamental es que quizás, con todo eso, 8/9 partes de la realidad de ese tema, quedan bajo la superficie como en cualquier iceberg, por tratarse precisamente de un tema demasiado entrañable para ser comprendido sin pasión. A veces los temas “nos tienen”, que diría Ortega y Gasset: los pensamientos los tenemos, pero las creencias “nos tienen”. Sin aceptar eso previamente, es difícil que los diferentes discursos se acerquen lo necesario para poder entendernos.

Cada uno de nosotros hemos sido “educados” en un ambiente en el que “hemos mamado” un tipo de creencias, vivencias familiares, amistosas, ambientales,… que nos ha ido configurando una estructura interna -casi siempre inconsciente- que nos constituye “casi involuntariamente”. Sin ver y aceptar previamente eso, es muy difícil que un simple acercamiento de nuestras posturas sea viable. Pues si no podemos aceptar como previo que nuestra forma de mirar está condicionada por nuestro –llamémosle- estigmatismo será muy difícil que podamos acercarnos y comprender al otro que, a su vez, olvida que tiene puestas las gafas de su estrabismo.

Hasta la neurociencia sabe hoy que, antes de razonar nuestra postura, nuestro ser entero ya ha tomado una decisión desde el inconsciente. Lo demás, suele ser la “coartada lógica” con que tratamos de explicar y justificar lo que ya se ha decidido en capas más profundas de nuestro ser. Parece claro que así pasa también con el nacionalismo. El entendimiento es pues muy difícil si no aceptamos de entrada esa evidencia; si cada uno se enroca en “su verdad”, el diálogo es prácticamente imposible.

Ilustración de El Roto, publicada en El País (17/3/2016).

Reconozco que estoy impresionado por la prisión que sufren hasta nueve dirigentes del “camino a la independencia de Cataluña” y la marcha de otros siete al extranjero para ponerse a salvo de su detención (“exiliados” quizás para muchos años). Aparte de la detención de Puigdemont en Alemania. Y es que, en el fondo, creo que no se lo merecen pues básicamente los veo víctimas de su bisoñez, de su inocencia y quizás, al menos algunos, de su prepotencia. ¿De verdad alguien se creía que, ganando por dos votos en el Parlament, con una “Declaración de Independencia” YA ESTABA TODO HECHO? (cuando ni siquiera hay una mayoría social que la quiere?)

¿De verdad alguien creía que, por ejemplo, los políticos de Euskadi eran tan tontos que no habían hecho lo mismo -años atrás- por eso, porque eran bobos o incapaces? ¿De verdad alguien se creía que, a estas alturas, unos cuantos “super-astutos e inteligentes” personajes iban a declarar la independencia de una pequeña parte de un Estado europeo solo porque se lo propusieran, aprovechando una matemática circunstancial de los números en el Parlament? ¿De verdad alguien se creía que el Estado de referencia miraría con los brazos cruzados cómo se desmembraba dicho Estado y se atomizaba en pequeños Reinos de Taifas? ¿No vieron cómo avanzaba poco a poco, pero fulminante, la batalla jurídica en los diferentes Tribunales? ¿No vieron cómo se sacaron en días más de 36.000 millones de euros de los bancos? ¿Cómo se marcharon más de 3.500 empresas? ¿Cómo el resto de Europa se les ponía en contra? ¿Iba a permitir Europa que se desmembraran los 27 Estados en un sinfín de territorios independientes? ¿No vieron cómo Rajoy visitaba, incluso a Trump, por si fuera necesaria una férrea represión? ¿No se han confundido -una vez más en la historia- los sueños con la realidad?

Parece claro que una masa de alrededor de dos millones y medio de personas en Cataluña estarían por configurar un Estado aparte, pero eso, a la vez, nos dice que otra masa algo superior (pongamos de 5 millones de catalanes) no están por la labor y que son, por lo tanto, tan dignos de ser tenidos en cuenta como los anteriores. Es decir que mientras 1/3 de la población estaría por la Independencia, el doble –o sea 2/3- no lo está. Entiendo perfectamente que los catalanes que, históricamente, anhelan un Estado propio -al margen del resto de España- (algo así como lo que Ortega y Gasset llamó “nacionalismo señorial” en 1934) vieran en los números del Parlament una “posibilidad de oro” para caminar en esa dirección, pero quizás era más anhelo que posibilidad real. Entre los unos con sus sueños y los otros con sus intereses políticos, con sus cuentas pendientes descubiertas y sus imputaciones con la justicia; entre los errores de bulto para con Cataluña del PP y de Rajoy, cada vez a peor; entre la euforia de las diversas Diadas… la calle se iba calentando y los políticos se iban creciendo, aun saliéndose de su tradicional papel de nacionalistas. Y así se fue poniendo “la miel en la boca” a un pueblo que llegó a ver la independencia de Cataluña como algo “a la vuelta de la esquina”, que ya “se tocaba con los dedos”, vaya. Y así se fue haciendo grande una bola de nieve: “la ilusión sin base real”.

Pocos supieron ver lo que se aproximaba: la gran decepción, la férrea respuesta del Estado. La euforia subida a la cabeza, los actos eran cada vez más de dudosa legalidad; las diversas instituciones advertían (nadie puede decir que no advirtieron), pero la euforia ya era difícil de contener. Entre aprovechados, masas de buena voluntad, ingenuos de primera fila, bisoños por doquier dirigiendo un proceso imposible, aclaraciones de juristas, de Jueces por la Democracia, de Amnistía Internacional, del mundo empresarial, el globo se iba hinchando…

Y eso que empezaron las primeras voces “autorizadas” a decir: “no hay base real”, “no estamos preparados para eso”,… Particularmente, cuando oí a gente como Artur Mas o Santi Vila decir cosas por el estilo deduje que no todos alucinaban, que algunos le empezaron a ver las orejas al lobo, que la maquinaria del Estado no iba a permitir ninguna independencia. Cuando leí a la mismísima magistrada Montserrat Comas de Argemir i Cendra (jueza preparada, catalanista, progresista donde las haya) decir: “No son presos políticos, son políticos presos”, creí entender que mi visión era posiblemente más acorde con la realidad que la mayoría de las masas tan calientes ya con el Procès.

Y ahora… de aquellos barros estos lodos: ahora siento profundamente ver encarcelada a toda esta gente que, en su entusiasmo y su anhelo, actuaron francamente bisoños e ingenuos frente a la poderosa máquina estatal que estaba “dispuesta a todo” lo que la fuerza y las leyes le permitieran (más o menos, como hicieron los soberanistas en el Parlament, barriendo a sus oponentes y olvidándose de una mayoría social que no estaba por la labor). Y que, a medida que los vayan juzgando, van a pasar etapas quizás no muy breves en prisión. Pero es que ¿de verdad se creyeron que todo iba a ser cuestión de una Declaración y… ya está: independencia? ¿Se han formado así los Estados y las Naciones históricamente? Porque es verdad que aquí no hay armas y ejércitos; pero ¿hay Gandhis, Mandelas, Luther Kings? Es decir: es verdad que no hay armas (afortunadamente), pero… ¿hay MAHATMAS (“almas grandes”)?

2 comentarios:

Jaume Ferrer i Cerch dijo...

No creo que un articulo tipo comentario del "Pais" ( por cierto con un aire de perdonavidas insoportable.... ) sea el indicado para un blog de este tipo.
Se que mezclo dos cosas , pero es que antes las has mezclado tu .

daniel josep dijo...

Como iré demostrando Biblia en mano, en el evangelio marquiano aparece el nacionalismo judío de su tiempo como un gran obstáculo de crecimiento personal.
El Hijo del Hombre o la humanidad que ya vive en Cristo como plenitud de la creación humana que en el evangelio de Juan empieza en el octavo día, necesita superar el particularismo y el nacionalismo agresivo para ser la luz de todas las naciones sin fronteras, existiendo en Cristo, porque en Cristo ya no hay judío ni griego, ni catalán ni castellano (Gal 3,28).
Leemos en Marcos capítulo uno versículos 29-34, como Jesús cura a la suegra de Pedro de una fiebre, fiebre que significa fuego en griego. Este fuego es el ardor nacionalista de la familia o la casa comunidad en la que viven Pedro y los suyos, devotos nacionalistas reformistas que piensan en un Mesías rebelde a Roma que restaurará el Israel antiguo aniquilando a los enemigos y trayendo un reino teocrático judío. Al estilo de Catalunya, que quiere derrocar a los españoles para inaugurar una nueva época catalana exclusiva, insolidaria con los otros pueblos y particularista.
A este pensamiento de un Cristo (Mesías) guerrero y violento que está en la mente de Pedro, se opone Jesús, quien le dice: "Apártate de mi Satanás, que no sientes las cosas que son de Dios, sino las de los hombres" (Mc 8,33b).
Acaba la narración de la curación de la suegra de Pedro con Jesús curando la fiebre, el ardor nacionalista e inmediatamente ella se puso a servir.
Este servicio que pide Jesús que todos tengamos, solo se logra quitando el odio hacia el enegmigo, hacia Roma, hacia España. Es en el universalismo que nos exhorta Marcos a través de Jesús. Este universalismo, opuesto al nacionalismo, libera al ser humano y así poder empezar a propagar y enseñar, mediante el servicio incondicional, que ya no hay fronteras ni razas ni enemigos. A la ambición de los hijos de Zebedeo cuando le preguntan a Jesús que querían un puesto de honor en el reino Nacional de la Israel mesiánica cuando hubiera derrotado a los enemigos, los romanos (Mc 10,37), Jesús les corrige.
" Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10, 42b 47).
La enseñanza de Marcos es clara. El nacionalismo es un mal que hay que erradicar. Nadie debe luchar contra un supuesto enemigo, sino amarlo, aceptarlo y servirlo.
Significa estar en el amor a los pueblos de España, pues en ellos hay gente muy válida.
Igual que en Catalunya hay gente no válida.
Catalunya debe ser abierta y plural, no exclusiva y supremacista.
Cuando Pedro vió que Jesús no se comportó como el Mesías glorioso nacionalista judío y se dejaba humillar en la cruz romana. Cuando negó por tres veces al mesías humilde y pacífico que entró en Jerusalén montado en un pollino. Pedro que esperaba un caudillo triunfante. Un Rey fuerte y mundano, se colocó en el vestíbulo de la entrada del sumo sacerdote Caifás, donde se juzgaba a Jesús, a un pie de escaparse y no comprometerse, totalmente inseguro.
Mientras negó al Cristo escándalo para muchos, porque no pudo aceptar la cruel realidad. Mientras esperaba que se le revelara el Cristo Resucitado o lo que es lo mismo, hasta que se diera cuenta de que la consciencia debe resucitar de la dualidad y del enfrentamiento. Que el triunfo nace paradójicamente del fracaso. Hasta que se diera cuanta de que la espiritualidad está en el sufrimiento como aprendizaje, no en el intentar cambiar el mundo a través de un cambiar lo externo. Impotente y en plan victimista ... rompió a llorar (Mc 14, 72b).