Hay momentos en la vida en los que las verdades apenas intuidas anteriormente -creencias vagamente vislumbrada en un principio mediante múltiples procesos de razonamiento- asumen súbitamente el vivo carácter de convicciones emocionales. Semejante experiencia me sucedió el otro día, en la costa de Suruga. Cuando descansaba bajo los pinos que bordean la playa, algo en el calor vital y en la paz luminosa de la hora -una especie de éxtasis latente de viento y de luz- hizo que se despertara una antigua creencia mía: la idea de que todo ser es Uno. Uno me sentía yo con el estremecimiento de la brisa y el correr de las olas, con cada pestañeo de las sombras y con cada rayo de sol, con el azul del cielo y el del mar, con el gran silencio verde del campo. Me sentí reafirmado de una forma nueva y maravillosa en mi idea de que nunca pudo existir un principio, de que nunca podría haber un final.
A pesar de todo, las ideas del momento no eran nuevas: la novedad de la experiencia radicaba en la peculiar intensidad con la que se presentaban; haciéndome sentir que las veloces moscas-dragón y los largos grillos grises de la arena, las estridentes cigarras en lo alto, y los pequeños cangrejos colorados inquietos bajo las raíces de los pinos eran todos ellos hermanos y hermanas. Creí comprender, como no lo había hecho hasta entonces, que el misterio de lo que se llama mi alma se había perfilado en cada una de las formas de existencia pasada, y que seguiría contemplando el sol durante otros millones de veranos a través de los ojos de otras formas de seres futuros. Traté de pensar los largos y lentos pensamientos de los largos grillos grises, y los fulgurantes pensamientos de las rápidas moscas-dragón, y los soleados pensamientos de las vibrantes cigarras, y los perversos pensamientos de los pequeños cangrejos que levantaban sus pinzas por entre las raíces de los pinos.Me encontré meditando sobre si la consecuencia de semejantes pensamientos podría tener algo que ver con la recombinación de mi sustancia anímica en futuras esferas de existencia. Oriente ha enseñado durante miles de años que lo que pensamos y hacemos en esta vida decide realmente, mediante una formación inevitable de las tendencias de los átomos o polaridades, el sitio futuro de nuestra esencia y el estado futuro de nuestra conciencia. Merece la pena considerar esta creencia, aunque no pueda ser confirmada ni rechazada por el pensamiento. Es muy posible que, al igual que otras doctrinas budistas, pueda bosquejar alguna verdad cósmica; pero pongo en duda sus afirmaciones literales porque tengo que poner en duda el poder del pensamiento. He sido moldeado por dentro y por fuera por todo el pasado infinito: ¿Cómo podría el impulso de un momento remoldearme anulando el peso de la eternidad?… El budismo en verdad responde cómo, y esa sorprendente respuesta es irrefutable, pero yo dudo…
De todas formas, según la doctrina budista las acciones y los pensamientos son recreativos. La materia visible es una creación de las acciones y de los pensamientos, incluso el universo de las estrellas, y todo lo que tiene forma y nombre, toda condición de la existencia. Lo que pensamos o hacemos no es nunca exclusivamente para el momento, sino para el tiempo eterno: significa alguna fuerza dirigida a la formación de mundos, a la creación de futuras penas o glorias.

No hay comentarios:
Publicar un comentario