Crisis de identidad

Jordi Àlvarez Carniago
Psicoterapeuta Transpersonal

Intentaré compartir mi experiencia en estos momentos de crisis social, donde la identidad es el eje de un conflicto que nos afecta a todos, esperando aportar un poco de luz en estos momentos de incertidumbre.

La identidad es aquello con lo que la mente se identifica. Cuando decimos o pensamos “yo soy…” añadimos una serie de atributos que delimitan quienes creemos ser, condicionados por nuestro origen familiar, cultural, profesional e incluso por nuestro aspecto físico. Sin embargo, esa identidad es, en realidad, una identificación mental, una realidad ilusoria y circunstancial que limita nuestro potencial para ser lo que somos realmente.

Desde mi punto de vista, nosotros no somos esas etiquetas a las que nos aferramos, esas ideas asumidas para sentirnos aceptados e integrados en un colectivo pero que, a la vez, nos separan del otro. Nuestra verdadera naturaleza subyace bajo esas identificaciones, nuestra verdadera identidad no es aquello con lo que la mente se identifica. No somos individuos separados y delimitados por nuestras circunstancias, somos la misma conciencia del universo experimentando la existencia encarnada, somos la misma vida, sagrada, que se manifiesta en este mundo en infinitas formas pero que, a la vez, no deja de ser una unidad.


Esta conciencia de nuestra verdadera identidad solamente es perceptible bajo ciertas circunstancias, en las que la atención se desplaza desde los pensamientos y las sensaciones hasta el sentir esa existencia infinita y trascendente. El “yo soy” con atributos mentales se convierte en la experiencia de ser, simplemente “Soy”. Esta conciencia de identidad más allá de lo mental, lo físico y lo transitorio, se puede alcanzar mediante las diferentes “técnicas” o medios que han utilizado aquellas personas a las que se ha llamado místicos o practicantes espirituales. Algunas de estas técnicas son harto conocidas como la meditación, la contemplación, la oración, el aislamiento, el consumo de ciertas sustancias y alimentos o el ayuno. Mediante estas técnicas se puede tomar distancia de la identificación mental y algunos han llamado a este proceso, o experiencia, ampliación de la conciencia.

Mi propia experiencia en una de estas prácticas de “ampliación de la conciencia” me llevó a observar de una manera diferente el actual conflicto que enfrenta dos identidades aparentemente contrapuestas: ser catalán o ser español.

En uno de los días en los que los medios de comunicación y muchas personas en la calle expresaban la incertidumbre, la frustración, el miedo y la ira por el conflicto desatado en aquello que se ha venido a llamar “el procés” , decidí subir al tejado de la casa en la que resido donde, a menudo, aprovecho las últimas horas del día para meditar, orar y contemplar con agradecimiento el maravilloso espectáculo que se me ofrece, si lo preferís, para hablar con esa esencia infinita que está dentro nuestro y que algunos llaman Dios. Inusualmente la experiencia de ese día fue mucho más intensa y reveladora de lo que normalmente es. Mientras meditaba, poco a poco experimenté como mi identidad se fue ampliando y, desde mi corazón, empecé a sentir que aquello que yo era incluía a todas las personas que vivían detrás de aquellas ventanas, en aquellos edificios, era una experiencia de empatía con todas aquellas historias, pequeños y grandes dramas, que se desarrollaban a mi alrededor. Sentí que aquellas vidas, en su actividad, intentaban buscar la experiencia que yo estaba teniendo en aquel momento, buscaban la fuente del amor que reside en nuestra esencia, de mil maneras diferentes, intentando huir del dolor, la angustia, la tristeza y el vacío que les provocaba la ignorancia de su verdadera naturaleza, sintiéndose solos y separados, como niños, esperando que el amor les fuera otorgado por algo o alguien o, como mínimo, mantener a raya esas emociones que no podían sostener. Sentí que éramos un organismo de conciencia que buscaba su identidad real pero que, en su ignorancia, se proyectaba en miles de identidades e identificaciones, opuestas, en conflicto con las otras identidades.

En algún momento (mi percepción del tiempo y del espacio habían desaparecido) empaticé con diferentes personas (persona: del griego πρὀσωπον “prósopon = máscara”) y con su sufrimiento, con su búsqueda de conexión con la fuente de amor, vida e inteligencia que reside en nuestro interior. Empaticé con mis padres, cuando eran muy jóvenes, al final de la guerra civil española, su miedo, su ira, su frustración, su dolor y, sobre todo, su desconfianza en un sistema político que, para ellos, había significado una imposición, una derrota, una humillación y el final de sus esperanzas en un futuro mejor. Vi como ese dolor, presente en mis padres hasta la muerte, estaba dentro de mí también, transmitido mediante actitudes, quejas, opiniones, ideas… y también estaba presente dentro de una gran parte de ese organismo que llamamos sociedad.

Con lágrimas cayendo mis mejillas, me dirigí hacia esa presencia de amor en mi interior y pregunté cómo podía sostener tanto dolor, como podía vivir con tanto sufrimiento. La respuesta fue inesperada, vi a una niña. Esa niña había crecido en un hogar sin problemas económicos, pero sin recibir casi amor. Era la familia de unos militares adeptos al régimen franquista, los “vencedores”, los “opresores”: el “enemigo”.

En esa familia tenían una educación donde las mujeres eran inferiores y supeditadas a los hombres y ella, esa niña, nunca había sido apreciada, amada y aceptada por, simplemente, ser. De corta estatura y fuera de los cánones imperantes de “belleza femenina”, la niña se había sentido rechazada e ignorada, hasta violentada por ser quien era. Para sobrevivir e intentar que la amaran, la niña había crecido buscando que la reconocieran y la aceptaran, desarrollando una gran voluntad y una inteligencia mental que compensara lo que creía sus carencias y el motivo de rechazo. Intentando escapar del vacío de la falta de amor, había buscado el poder, la reafirmación de las ideas y juicios de valor de aquella familia donde le había tocado nacer, identificándose con aquellas ideas y valores. 

Rechazada más tarde por ser “demasiado inteligente” y por no ser “suficientemente atractiva” en un marco cultural de poder masculino. Para compensar tanto dolor y desprecio había desarrollado placer por dominar, como ella fue dominada, a otras personas de una manera, podríamos decir, “sádica”. Sin embargo, tras aquella máscara de fortaleza y poder, se ocultaba el dolor de la niña por no haber sido amada y aceptada, por no haber descubierto la fuente de amor infinito que estaba en su interior, y, así sus acciones en este mundo humano, en esta sociedad, se habían dirigido hacia el poder y la dominación, hacia la política, y, como si fuera una lección por aprender, esto perpetuaba su sufrimiento en los otros, con decisiones inflexibles que dañaban a los otros seres. Identifiqué a esa niña como uno de los personajes activos del gobierno del estado por la que sentí una gran compasión.

La identidad mental que hemos creado no es sino una estrategia para huir de nuestro sufrimiento, para intentar llenar ese vacío provocado por la falta de amor que nos hubiera permitido conectar con nosotros mismos, con nuestra esencia, con la fuente de amor que somos en potencia. Esa identidad separada del otro, ignorante de su verdadera función, es un intento fallido de ser nosotros mismos, de ser lo que realmente somos. Tras el conflicto social actual, y tras todos los conflictos humanos sin sentido, hay una falta de amor, una búsqueda errónea fuera de nosotros de ese amor, de nuestra propia naturaleza Divina. Entendí que, como ser encarnado, lo único que podía hacer ante tamaño despropósito era amar, amar sin fronteras, sin límites, sentir el dolor del otro como mío propio y ser compasivo. Mirar más allá de las diferencias aparentes y ver la unidad de todos los seres. Comprendí que esta crisis era una parte del aprendizaje de ese organismo que somos todos para descubrir nuestra verdadera naturaleza y encontrar a Dios.


En la fotografía, unos chicos del Colegio Motolinía de Antequera junto a un ciprés de Moctezuma dos veces milenario de dimensiones monumentales (14.05 metros de diámetro y 42 de altura) en Santa María de Tule, Oaxaca. What We Can Learn from Trees por Kathy Newman [Fotografías de Diane Cook y Len Jenshel]

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